Cien Historias, Cien Extraños

Tu respuesta

“¿Va a llover?”
Apreto enviar y sigo caminando hasta el destino fatal de hacer fila para el colectivo. Miro al cielo, como queriendo responder a la pregunta que hice, pero hay un par de árboles que me tapan la visión. Eso y los edificios, los cables y que no veo bien.
Hay un aroma raro en el aire. No es a quemado como siente la señora que tengo al lado. Un vecino prende fuego partes de muebles viejos y disfruta tirándole basura que encuentra por ahí; avivando las llamas. El humo negro asciende, sin embargo sé que no es eso lo que huelo. Mi teléfono no sonó, asumo que no hay respuesta. Busco el olor. No es como piensa el señor de adelante, que contempla con asco la mosca que se da un festín con la bolsa de basura abierta en medio de la vereda. ¿Cómo explicarle al hombre y a la señora que hay otro aroma a mí alrededor? Pareciera vainilla; impregnado en mi pelo.
Cuando llega el colectivo, a pesar de venir vacío y nosotros no ser más de cinco personas, las otras cuatro se desafían a miradas y aceleran el paso para subir. Consigo sentarme, siendo la última en entrar y de inercia mis manos buscan, sacan y abren el libro que llevo en la mochila. Pienso que podría simplemente girar la cabeza y observar el cielo, pero me obligo a meterme en mundos de fantasía y a hacer caso omiso a las conversaciones banales que pululan por el colectivo.
Hago un esfuerzo sobrehumano por concentrarme y no logro conseguirlo. Desisto al libro que sostengo e intento poner la mente en blanco. Un bebé llora de forma histérica y dejo que su llanto me inunde, creo, o pretendo, hacer simbiosis con el pequeño ser humano que tiene el derecho que yo perdí de hacer un espamento público a todo pulmón. Grita y yo grito. Internamente lo acompaño todo el camino.
Distingo a lo lejos esas calles que me alertan la cercanía de mi destino. Bajo del colectivo y me despido amargamente del bebé. Cruzo la avenida mirando el asfalto, las franjas blancas de la calle están despintadas y una bocina hace que acelere el paso; fue un rojo muy breve.
El teléfono vibró primero y sonó después. Los oídos comenzaron a zumbarme. Malditos mosquitos.
“El cielo se cae a pedazos, Victoria”.
Fue lo que leí entre pequeñas gotas que llenaban la pantalla. Guardo el teléfono sin responder y miro el cielo, un gris oscuro me saludaba y despeinaba con su viento. Mañana volvería a preguntar.

Mírame - Capítulo 7

Capítulo 7

Cuando vas a pedirle consejo a tus amigos vas a toparte con dos clases de ellos, tienes al primero que dirá exactamente lo que quieres escuchar y al segundo, que expresará sus opiniones tal cual son sabiendo incluso que algunas palabras podrán herirte. La diferencia es clara, cualquiera puede llenarnos de dulzura, es fácil, pero querernos y decirnos la verdad aunque duela, requiere mucho esfuerzo.
—Cuaderno de notas de Kiki

Cuando Eli terminó, un estridente “qué” de Samanta le dio un giro a nuestra conversación. Mi cerebro parecía haberse trabado y alcancé a entender que Stefanye estaba en camino y en comunicación con su hermana, quien le advirtió de la clara ausencia de Mar, así que pasó por su casa sólo para ver a la chica subir valijas al auto de su madre.
Era cierto. Mar se iba a España. Y sólo yo sabía.
Lo que siguió fue una especie de alboroto entre Tony, Eli y las chicas. ¿Cómo era que Marlene se marchaba y nadie tenía ni la más mínima idea? Esa era la pregunta que se hacían. Mi silencio se notó, y estoy segura que se lo adjudicaron a la reciente información recibida. Por suerte. Porque no habría podido explicar cómo era que no me sorprendía lo de Mar.
—No puede ser… —susurré.
—¡Claro que no puede ser! —exclamó Elijah.
Él y las chicas estaban afectados, mientras Paul era ahora el que hablaba con la otra gemela. Según parecía, Mar no había pasado palabra con Stefanye, así que sólo tenían suposiciones. Y bueno, claro, yo tenía la certeza. Los observé a todos y cada uno de ellos. Me sentí mal, poco menos de un año nos separaba de la abrupta y retorcida huída de Amelia, estaba totalmente segura que cuando ellos se enteraron la situación fue algo similar.
Pero nada parecido. Vi como Milo y Tony compartían una profunda mirada. Luego, Milo le arrojó las llaves de la casa y dijo sólo para su amigo.
—Apúrate.
El gigante salió disparado de la habitación. Los otros tan metidos en su discusión sobre posibles razones o lugares o diferentes escenarios que no vieron la maravillosa historia que pasaba frente a sus ojos. En este cuento, el chico corría tras la chica. En el cuento de Amelia Torth, al chico lo internaban en un hospital psiquiátrico.
***
Los chicos se fueron. Eli angustiado, pero intentó ocultarlo hasta el final por mí. Sin embargo, no le salía muy bien. Todos me abrazaron y me desearon feliz cumpleaños de nuevo. Era consciente de que mañana el problema sería la prioridad y no tenía excusa para ocultar mi conocimiento de la verdad. Tony no había vuelto y tampoco respondía el teléfono, aunque Milo se iba preocupando cada vez un poco más, Lila le recordó que si Tony lo llegase a necesitar, llamaría. Los primos y yo fuimos los que quedamos, Milo nos llevaría luego a nuestras respectivas casas. Pero ambas teníamos cosas que preguntar. La primera fue Lila.
—¿Ana, puedo hacerte una pregunta? —dijo ella.
—Claro.
—¿Tú viste el rostro de quien te atropelló?
De repente el cuerpo se me congeló y luego sentí como todo me estallaba en flamas. Eso causó que me mareé y tuve que tragar saliva un par de veces antes de responder.
—No. Yo… lo vi cuando se subió al auto. Me miraba fijo, con los ojos inyectados en sangre y pálido. Lorelei vio todo, es una lástima que no me preguntaste cuando ella estaba todavía. Te hubiera respondido mejor que yo. No vi venir al coche, y todo es una especie de borrón hasta que lo vi a él y luego cuando la veo a Amelia.
—¿Cómo era él? —preguntó con un extraño brillo en los ojos.
—Fue Ricky, el chico que salía con Diana. ¿Lo recuerdas?
—No. Digo, sí, sé quién es. Pero, ¿estás segura?
—Lorelei también lo vio. Las dos estamos seguras. ¿Por qué preguntas? ¿Qué sucede?
—Nada…
—Debes decirme, Lila, ¿qué es lo que pasa?
—Ayer… —Miró a su primo, que hasta ahora escuchaba en silencio—. Lamento no haber dicho nada, Milo, pero por favor, no le cuentes a mamá y a la tía.
—¿Qué te pasó? —Su cara mutó de un vacío inmenso a la preocupación para luego volver al mismo vacío.
—¿Lo prometes? ¿Prometes que no dirás nada?
Él asintió. Aunque creo que lo hizo sólo para que Lila cuente lo que le había sucedido.
—Gracias. —Ella bajó la mirada y continuó—. Ayer iba para el estudio de Lola. Hay un problema con un grupo de modelos y la pobre Lola está muy angustiada. A dos cuadras vi a una de las chicas de este grupo. Un hombre la zamarreaba. La calle estaba desierta y no pude contenerme. Es una niña. Corrí hacía ellos y cuando él me enfrentó… era Murray. —Milo se tensó y ella le hizo una señal para que se calme, continuó—. Lo reconocí al instante, ahí me di cuenta que fue él quien me estuvo siguiendo todo el tiempo…
Milo no soporto más y se levantó de un salto del sillón e insultó al aire. Se pasó las manos por su corto cabello dorado y se volvió para mirar a su prima.
—Me sonrió y me dijo que estaba feliz de verme de nuevo. La chica aprovechó para salir corriendo, apretaba contra su pecho una bolsita. Yo la llamé pero Murray me tomó del brazo y me dijo que no me preocupara, que ellas siempre regresaban cuando había Luna. No entendí, pero me asusté. Algo les estaba haciendo a las chicas del estudio. Le dije que me suelte, comencé a gritar. Y entonces las nombró. A ti, Ana, y a Lia. Me dijo que todas gritábamos de la misma forma.
Milo se sostenía la cabeza como si un dolor inmenso atravesara su cerebro. Por mi parte, consideraba que este se había convertido en el peor cumpleaños de mi vida. Quería abrazar a Lila.
—¿Sabían que Tré tiene el local de tatuajes cerca del estudio de Lola? Porque yo nunca lo vi. Aunque estoy agradecida. Porque fue Theo quien nos vio. Lo reconoció al instante, y para colmo escuchó lo que me dijo. Theo lo golpeó y lo tiró al medio de la calle. Luego me llevó al estudio y se ofreció a quedarse, pero Lola le aseguró que estaría bien.
—¡¿Cómo puede ser que no me hayas dicho nada?! —gritó su primo.
—Porque hasta hoy no obtuve respuestas, y tenía que hablar con Ana. Supuse que Murray pudo haber estado detrás de su choque. Parece estar molestándonos a todos. Y estaba cansada de que me tomen por loca.
—Sabes que yo no pienso así… sabes que quiero ayudarte…
—Lo sé —respondió ella dulcemente. Tenía una pequeña luz en su rostro ahora—. Con Lola indagamos a las chicas y… Murray les vendía droga. Se encontraban con él en el depósito abandonado de Ricky.
—¿Qué… qué quieres decir con eso? —pregunté, con miedo. Mi cabeza iba a estallar.
—¿No lo ven? Los dos tienen algo en contra de nosotros. Algo sucede y no lo sabemos. Algo que nos concierne. Al menos a nosotros tres y…
—Y a Amelia —dijo Milo, terminando la oración de su prima. Lila asintió—. Pero no, te equivocas.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
—A ella nadie le hizo nada…
—¡Murray la golpeó! —exclamó Lila.
—Al igual que hizo con Ana, ese maldito es un enfermo, sí, pero a ti te vienen siguiendo desde hace meses, y a Ana la atropellaron…
—Y le han hecho tanto daño a tu auto que apenas lo sacas —siguió su prima.
—Terminando lo que estaba diciendo —La miró de forma reprobatoria—. Es a ella a quien menos daño le han causado. Por sus propios problemas mentales llevo a la ruina el Instituto, mintió a sus amigos y desapareció. Se portó como una cobarde. Y lo es.
—Cobarde a la que todavía amas, primo.
—Diana estaba con Murray el día de la fiesta —dije por encima de lo de Lila.
Los primos se miraron. Ella desafiante y él reacio.
—Exacto, Ana —dijo Milo—. No puedo entender cuál es problema de ese hombre con nosotros. Pero sólo sabemos con certeza que era él quien seguía a Lila, sobre mi auto no sabemos nada, y tu accidente… el culpable está en la cárcel.
—¡Pero Murray vendía droga en el depósito de Ricky! Por favor, hay que unir cabos.
—Lila, no quieras jugar a ser Sherlock Holmes —dije—. Milo tiene razón.
—Trabajaba en nuestra empresa, tal vez quiera algo de nosotros…
—¡Basta! —Milo estaba enfurecido—. Es suficiente, si quieres que siga de tu lado, detén esta locura. Sólo te vas a meter en problemas. En más problemas.
La chica respiró, intentando contener su bronca. Herida y orgullosa se levantó y subió las escaleras sin decir una palabra. Milo suspiró. Lucía cansado y mayor.
No quería hacerlo, pero no pude evitar que la pregunta saliera de mi boca.
—¿Y Kevin?
El mayor de los Lekker levantó poco a poco la mirada del suelo y observó mi rostro detenidamente. Si no conociera el corazón de Milo, si sus ojos ámbar no tuvieran tanta honestidad en ellos, me hubiese sentido intimidada.
—En casa de mis padres. ¿Marlene te dijo a dónde iría?
—No. Espera, ¿qué? —Sentí a mis mejillas inundarse de calor. Él me sonrió.
—Elijah siempre cuenta que quisiste salir corriendo del hospital cuando escuchaste que Amelia se estaba yendo. —Casi me da un ataque. Nada de lo que decían en ese momento tenía sentido para mí—. Aparte de que Marlene no escapa de nada, ni siquiera de Tony, a alguien se lo tuvo que decir, ¿no?
—Milo Lekker, y tú que aparentas no saber nada sobre el funcionamiento de los seres humanos. —Se rió—. No es mi deber decir las cosas. Así quiso ella que fuera. No le cuentes a Tony que lo sé.
—Claro que no. —Le sonreí aliviada—. Se lo dirás tú.

Mírame - Capítulo 6

Capítulo 6

Me he cruzado con mucha gente en mi vida. Diversas nacionalidades, ideologías, religión y edades. Pero no hay distinción entre aquellos que viven su vida engañando a otros. Arman mentiras tales que su mundo es de cristal, pendiendo de hilos altamente finos. Listo para derrumbarse ante la más pequeña complicación. Sin embargo, es triste admitir que ésta clase de personas sufren más que los “engañados”. Pues llegará un momento en que sus mentiras traspasen la realidad y hasta ellos mismas comiencen a creerse sus propios engaños. Quienes de forma honesta vemos la vida tal cual es, aceptamos sumisos su cuota de pena. Todo es posible en ese mundo lleno de inventos. La maldad más inmensa puede ser defendida con persuasivos argumentos sin fundamentos. Pero ni bien entre un rayo de realidad, se le debe tanto a la pena, que es más grande de lo que pueden soportar.
—Cuaderno de notas de Kiki

Los lunes eran días de cursada. Pero insistí en quedarme por mi cumpleaños. Y no sólo eso, no siempre veía a mis abuelos. El día anterior había llegado tan cansada que pude solamente caer rendida sobre el colchón en la sala de estar ya que Donovan y Terry se iban a quedar en mi habitación. Mi casa era pequeña, pero intentábamos hacer espacio para todos. Con mamá nos pasamos toda la mañana y la tarde de mi cumpleaños ordenando y preparando la comida. Mis abuelos quisieron ayudar sólo para que a los cinco minutos prefieran ir a pasear un rato.
Mientras mamá observaba las cinco únicas sillas que llenaban la mesa en la sala de estar, que era el único lugar con suficiente espacio para que comamos todos, le mandé un mensaje a Lila. Quería saber cómo se encontraba, lo que le había pasado era preocupante y sabiendo cuál sería la respuesta si le preguntaba a Milo, preferí ir directo a la fuente. Me respondió casi de inmediato deseándome un feliz cumpleaños, todos mis amigos ya lo habían hecho, incluso Luca por Facebook, la única persona que pareció olvidar por completo la fecha fue Kevin. No voy a mentir, mi corazón se rompía cada vez más al ver pasar las horas y que su saludo todavía no llegase. Sacudí mi cabeza, como si el acto físico actuara sobre lo psíquico. El resto del mensaje de Lila aseguraba que estaba en perfectas condiciones, se disculpaba por haber armado tanto alboroto y, francamente, no le creí nada de lo que me decía.
El timbre sonó y como mi madre ya se había ido para la cocina, fui yo a abrirla. Seguramente eran los abuelos con papá.
—¡Ana Banana, feliz cumpleaños!
Y un gran oso de peluche con un corazón me saludó con la voz de Brian y, sí, mis dos abuelos detrás, con cara de querer matar al muchacho que le traía ese regalo a su única nieta. Mi madre salió de la cocina y fue testigo de la situación, al igual que mi padre bajando del auto. Nadie sabía muy bien cómo actuar. Hasta que al final fue mi papá quien lo invitó a pasar.
—¿Invitaste también a Milo, hija? —preguntó mamá con saña.
—Oh, tu amigo del que tanto hablas, Ana, queremos conocerlo —dijo el abuelo Donovan. Terry miraba de reojo a Brian, que claramente odiaba la situación.
—Él es Brian —dije, presentándolo.
—Ah. —Fue la simple contestación de todos.
—Estuve ayudando a Ana con la recuperación de su pierna —dijo él.
—De ti no nos habló —sentenció el abuelo Donovan.
El ambiente era bastante tenso. No podía creer que Brian se animara a venir, le había dejado en claro que era una cena familiar. En algún punto, mi madre tenía razón, si hubiese invitado a alguien sería a Milo, o a Eli y Mar. No él, no el chico con el que me estuve besuqueando a hurtadillas hace tan sólo un par de noches.
—Hija, ¿va a venir alguien más? —preguntó, ahora más gentil, mamá.
—No, mami, es…
—Discúlpenme, aparecí de improvisto. Quería sorprender a Ana.
Miré a Brian, agradeciendo que haya explicado la situación.
—Ya estás aquí —dijo papá—, quédate a comer con nosotros. —Miró al oso—. Si la cumpleañera quiere, claro.
Asentí con una sonrisa forzada mientras tomaba el teléfono para mandarle un mensaje a Eli, iba a tener que pasar por mí más temprano a sacarme de este lío.
***
Comimos, me cantaron el feliz cumpleaños, contaron anécdotas de cuando era bebé y todo ese tiempo me la pasé con una bola de fuego en mi estómago. No dejaba de consultar la hora en mi teléfono. Eli llegaría a las once y media. Los chicos sabían que la cena era familiar y que en mi casa no había espacio, así que me esperaban en lo de Milo para hacer un breve festejo. Era lunes, si quería celebrar de verdad, tendría que esperar hasta el fin de semana. Brian y su carisma pronto lograron que mi familia se olvide la situación en la cual llegó. Pero yo no podía.
El abuelo Terry captó mi mirada.
—¡Uff, qué tarde se nos hizo! Esta niña mañana debe ir a estudiar y tú a trabajar, MacLean.
Mamá estaba por reprocharle cuando la interrumpí:
—El abuelo tiene razón, papá, y te ves cansado. Además, hay que llevarlos a su casa.
Los cuatro integrantes de mi familia compartieron miradas y rápidamente tomaron sus posturas en el juego que se disponía a echar a Brian de mi casa. El abuelo Donovan comenzó a quejarse de su espalda, papá bostezaba de manera exagerada y mamá hablaba tan rápido que Terry debía contener su risa. Pronto la situación me dejó a solas en el umbral despidiendo al chico.
—Tus abuelos son algo raros —dijo Brian riendo un poco.
—Ellos son abuelos comunes y corrientes —respondí a la defensiva.
—No fue con mala intención, lo lamento. ¿Estás bien?
—No. Tú… no deberías haberte aparecido de esa manera.
Su rostro se entristeció.
—Pensé que te gustaría, Ana Banana.
—¡No me preguntaste! ¿Cómo ibas a saber lo que me gusta? No me conoces lo suficiente.
Mi pecho subía y bajaba. Brian me gustaba, mucho, pero no podía soportar la situación. Me parecía una falta de respeto.
—Hey, no digas eso.
Se acercó y me tomó por la cintura, su rostro cerca del mío. Pero simplemente no lo quería cerca. Corrí la cara y lo empujé sin fuerzas con el brazo.
—Por favor, vete.
El chico observó mi mano en su pecho, alejándolo, y luego con detenimiento miró mi rostro. Asintió, rindiéndose y retrocediendo un par de pasos. Se rió y sacudió la cabeza murmurando:
—No puedo creer lo idiota que soy…
Y desapareció por la calle. Lo vi irse, una pequeña parte de mí quería ir tras él. Sin embargo, reprimí el sentimiento con bastante facilidad. Suspiré y entré.
Sabía que mi familia iba a preguntarme todo sobre esto. Ellos estaban al tanto de la “pequeña fiesta” que se realizaba en lo de Milo y que en pocos minutos Eli pasaría por mí. Les expliqué un poco la situación, obviando detalles como el beso, al final, comprendieron que no fue culpa de nadie, sino un malentendido. Los abuelos opinaban que mi belleza tenía la capacidad de hechizar hombres y que por eso el pobre estaba tan enamorado de mí. Quise hacerlos entrar en razón, pero simplemente no puedes llevarle la contra a dos hombres que aman con locura a su única nieta. Mamá me aconsejó que me cuide, le costaba olvidarse del incidente en la fiesta de los Lekker. Pero Brian no era alguien a quien temer. Al final, los cuatro terminaron tomando café y un té para el abuelo Donovan, charlando sobre la situación y sobre mí, claro, mientras me cambiaba en mi cuarto y esperaba a mi amigo.
El teléfono sonó mientras me maquillaba un poco. Recordé las veces que veía a Lia y a las chicas prepararse en los baños, todas ellas hermosas a su manera y yo tan simplona, sin una gota de pintura en mi cara. Parecía como si décadas me separasen de ese tiempo. No me era posible recordar cuándo muté tanto. Leí el mensaje, Eli me avisaba que en diez minutos estaría en la puerta. Pero antes de que pueda responder, una llamada entrante hizo que el mensaje se pierda.
—¿Mar? —contesté.
—Ana, es urgente, sal a la puerta de tu casa. —Y cortó.
Como ya estaba lista, tomé mis cosas y me despedí de mi familia, esperaría afuera con mi amiga.
Cuando abrí la puerta, el auto rojo de Mar se estacionaba frente a mi casa. Ella, tan deslumbrante como siempre bajó con sus tacos haciendo ruidito en la acera. Sus rulos dorados le tapaban la cara. Llegó hasta la puerta y pude ver sus ojos rojos del llanto. Ni bien estuvo cerca, me abrazó con todas sus fuerzas.
—¿Qué sucede? ¿Estás bien? ¡Mar, responde!
—Está todo bien, lo prometo.
Me tomó por los hombros, rompiendo el abrazo y sonrió. Era hermosa, aún con los ojos hinchados y sus facciones tristes, Marlene era de esas chicas con luz propia. Continuó hablando:
—Vengo a despedirme, Ana, no podía irme sin ver a mi amiga. ¡Y hoy cumples dieciocho!
—¿Te vas? ¿A dónde? —De repente tenía ganas de llorar como ella. Y se dio cuenta.
—No, no, no. No llores, linda, no es nada grave. Y hoy debería ser un día feliz para ti. ¡Qué tonta soy! No quiero arruinar nada, por favor, Ana, no llores.
—Tú no hablas así, no eres así. ¿Qué sucede?
—Las despedidas siempre me ponen muy sentimental. Conseguí trabajo en España, una profesora del instituto de Francia, en el que estuve, supo que necesitaba algo y bueno, me recomendó.
—Eso es… es genial. Me alegro por ti…
—Pero no hagas puchero, Ana —dijo riendo—. Tú siempre me sacas una sonrisa.
—Mar… ¿Esto no tiene nada que ver con tu pelea con Tony, no?
—No. Lo mío con Tony simplemente no funciona y lo sé desde hace tiempo. Pero hago esto por mí.
—Ustedes se aman, no puede terminar así. Ustedes no son Milo y Amelia. —No. No podían.
—A veces eso no es suficiente. Ana, el amor duele, pero siempre sana. No hay nada más resistente que el corazón del ser humano. Como una vieja amiga solía decir: nada arde eternamente. Ten eso siempre en cuenta.
No logré contenerme, mis intentos fueron en vano. Comencé a llorar.
—¿Cuándo vas a volver? —pregunté.
—No lo sé. Pero no será pronto. Ana. Ana, escúchame. —Volvió a tomarme por los hombros y limpió mis lágrimas—. Nadie más que tú sabe que me voy. Ya sé lo que estás pensando. Pero se lo diré a Eli a mi manera, Tony no es nada mío, terminamos, no le debo explicaciones. —Intenté quejarme, pero Mar me abrazó sin dejarme hablar—. Voy a extrañarte.
—Yo también.
Y eso fue lo último que le dije. Marlene se fue. Y tuve que sentarme para poder tranquilizarme y dejar de llorar. Una rabia desconocida se apoderó de mí, duró un instante, pero fue suficiente para hacerme entender lo sola que me sentía. Me enojé con Mar, ella también me dejaba, como Amelia. Se ganaban mi cariño y lo tiraban por el suelo. Sabía que era un sentimiento egoísta, pero lo dejé fluir. Era nimio. También era consciente de que Mar tenía sus propios demonios, como todo el mundo, y que si ella creía que esa decisión era la mejor, debía acompañar a mi amiga. Teníamos la tecnología de nuestro lado para no cortar nuestra amistad.
Eli llegó cinco minutos después de que Mar se fuera. Para ese momento había intentado arreglar mi cara y el resultado fue dejarme casi sin maquillaje. Subí al auto más tranquila, y mi amigo me saludó con tanto cariño que no pude resistir sonreír pese a la repentina e inesperada marcha de Marlene. Eli me pregunto sobre mis “maravillosos” abuelos y le conté todo lo que había sucedido. Lo cual me sirvió de distracción.
—¿Que el idiota hizo qué?
—No le digas idiota, Eli.
—Pero lo es. Por Britney, ¿cómo se le ocurre?
—Pensé que en esos casos decías Madonna.
—Dios y Jesús, Ana, deberías saberlo. —Ya estábamos llegando a lo de Milo—. Oh, los chicos se pondrán furiosos.
—Estoy comenzando a pensar que tal vez exageré…
—Si me preguntas, actuó como un idiota, y eso no está bien.
Elijah estacionó el auto, y en ese momento me di cuenta que no sabía de quién era, él solía usar el de Mar. Bajamos y lo miré intentando reconocerlo, pero se escapaba de mi mente.
—¿De quién es el auto? —pregunté, llegando a la puerta.
—De Lila.
—¡Feliz cumpleaños! —Bárbara y Samanta me recibieron. Me llenaron de abrazos y besos mientras Milo esperaba paciente en el fondo que las dos intrusas que abrieron la puerta de su casa lo dejen saludarme.
—Gracias —respondí, apretada entre sus brazos y el poco espacio del pasillo de entrada.
—Feliz cumpleaños, Ana —dijo Milo, desistiendo a un saludo más personal. Le sonreí de lejos.
Terminé entrando con mis amigas de escolta. En la sala estaban Paul, Tony y Perri. Los tres me saludaron.
—Bella niña, ya eres mayor de edad. —No es difícil suponer que esa frase fue de Perri. Me reí.
—¿Cómo pasaste la cena familiar, Ana? —preguntó amablemente Paul. Tony estaba ensimismado.
—Oh, esa es una excelente pregunta que yo contestaré —dijo Elijah con aire satisfecho y comenzó a contar la historia mientras de la cocina venían Lila y Lorelei—. Llegan justo a tiempo —dijo luego de que me saludaran y Lorelei se pegara instantáneamente a mi brazo—, esta historia les va a encantar.
—Eli…
—Sh, Anita. Veamos… por dónde comienzo…
Y procedió a relatar todos los hechos ocurridos con Brian como si vida fuera una especie de telenovela. Corregí sus exageraciones, que fueron varias. Cuando terminó, los comentarios no tardaron en llegar. Milo tenía la misma expresión que el abuelo Terry.
—Amiga, ya te advertimos que Brian siempre fue un Don Juan —dijo Bárbara, su hermano asintió—. Hasta Paul me da la razón, y él sabe muy bien de eso, fueron amigos.
—Todos piensan que Brian comenzó a cambiar cuando llegó Marlene. —La cara de Tony se contorsionó en una mueca de dolor ante aquel nombre, mi estómago dio un vuelco—. Pero yo sé muy bien que venía desde antes.
—Ahora que lo dices, Paul, creo que tienes razón —dijo Eli—. ¿Recuerdas esa vez que a Diana vino a buscarla aquella chica, su rostro tenía forma de corazón? Brian las siguió y luego, cuando regresaron sin la chica, armó un alboroto. Desde ese día dejaron de hablarse y Diana comenzó a distanciarse.
—Oh, lo recuerdo —dijo Samanta. Ahora estábamos sentados en los sillones, todos atentos a sus historias de Instituto—. Fue en el evento que realizó Madame para la Fundación de Niños con Cáncer.
—Amelia abrió el evento —dije, ahora les tocó a todos reaccionar ante ese nombre. Recordaba haber estado allí, pero sólo prestándole atención a la chica que cantaba.
—Exacto —dijo Eli, viniendo a la salvación—. Y Brian fue empeorando desde entonces.
—No es un mal chico —lo defendí.
—Creo que no es eso lo que quieren decir —habló Milo.
—Ana, tú no estuviste el día que fuimos a buscar a Lia al aeropuerto. —Samanta tenía una expresión lúgubre mientras hablaba—. Él fue muy egoísta. Nos trató mal. —Eli intentaba no cruzarse con mi mirada—. Estaba desesperado por… por irse con Amelia.
—¿Qué? —soltó Milo sin darse cuenta.
—Eli, tú lo sabías —dije, decepcionada—. Barbie, tú también.
—Perdón, Samanta no tendría que haber contado esto. ¡Prometimos no decir nada! —dijo Elijah—. Madonna santa, es tu cumpleaños, deberíamos estar festejando.
—Fuiste tú quien quiso contar la historia desde un principio —dijo Perri—. Lo que no entiendo es, ¿Amelia tuvo un romance con Brian?
—Es altamente posible, considerando que también estuvo con Pedro y nadie se dio cuenta. —Era lo primero que decía Tony, y sonó más bien como un arma para herir a Milo. Sin embargo, su rostro mostraba lo mucho que se arrepentía. En ese mismo instante.
—No —sentenció Eli—. Lo de ese tal Pedro es… es algo aparte. Brian estaba literalmente desesperado. Como si Lia fuera una especie de salvación que estaba a punto de partir y él se estuviera perdiendo el vuelo. —Nadie se rió de su chiste, pero apreciaba el esfuerzo—. Una relación entre ellos es inimaginable.
—Ni que lo digas —dijo Paul, riendo.
—¿Por qué es inimaginable? —pregunté, no pude contener mi curiosidad.
—Mar, Lia, Diana y Brian se conocen desde que eran muy chicos. Yo llegué un par de años después, conocí a las chicas por medio de Brian —comenzó a contar Eli—. Si hay dos cosas de las cuales estoy seguro es, primero, Amelia Torth tuvo ojos solamente para dos chicos: Theo y Milo. —El aludido parecía no estar prestando atención—. Y segundo —Mientras decía esto, Eli me miró suplicante de algo muy parecido al perdón—, Brian siempre estuvo enamorado de Diana.

Mírame - Capítulo 5

Capítulo 5

¿Quién mide el amor? No creo que sea posible analizarlo. Es la emoción con más matices, altamente volátil, fuertemente pasional. Incluso el ser más repugnante ama. Puede ser alguien, algo o simplemente uno mismo. Eso sí, el amor es principalmente un disfraz. ¿Se han puesto a pensar cuándo amamos enteramente, con el alma desnuda? Siempre nos vestimos para complacer al público amado y hacer composé con el escenario. Nos han etiquetado de débiles por amar a corazón abierto y creímos tontamente que cerrarlo sería la solución. Es por eso que hay tanto amor malo suelto, no hay pudor en la falsedad.
—Cuaderno de notas de Kiki

Los ladridos de nuestra pequeña caniche, que papá le había regalado a mamá hace algunos años, me despertaron.
—Nieve, cállate. Shh. Vas a despertar a todo el vecindario.
Nieve escuchó mi voz y trepó a mi cama, todavía molesta y gruñendo. Me senté y estiré para prender el velador. Cuando la luz nos iluminó, la pequeña perrita se tranquilizó un poco, pero yo no, porque la sombra de alguien parado detrás de mi ventana era demasiado real como para ser parte de un sueño. Me quedé quieta, abrazada a Nieve, que notando mi contacto, se acurruco sin preocupaciones contra mi pecho.
Estaba lista para correr junto con mi perra hasta la habitación de mis padres cuando la sombra habló.
—¿Ana? ¿Estás despierta?
Me acerqué sigilosamente a la ventana.
—¿Brian?
—¡Ana Banana! Estoy golpeando aquí y llamándote hace horas.
Levanté tan solo un poco la persiana para comprobar que era él y al hacerlo, Brian agachó la cabeza para que lo vea y me saludó con una radiante sonrisa.
—Mientes. Te hubiese escuchado. Y shhh, no hagas ruidos, mis padres duermen.
Él asintió y dijo susurrando:
—Bueno, tal vez solo hayan sido quince minutos, pero me parecieron interminables.
Seguí levantando la persiana a paso de caracol para que no hiciera ruido, luego destrabé la ventana y lo dejé pasar. Brian trepó con facilidad y entró a mi cuarto.
—Cierra la puerta —susurré, mientras hacía todo el trabajo silencioso de cerrar todo—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste?
—Salté un par de cosas para llegar aquí atrás. Y tenía que verte.
Cuando caí en la cuenta de que estábamos solos en mi habitación y con el respaldo de la noche, que de alguna forma extraña convertía todo acto en excitante y apasionadamente intrigante, mis mejillas se cubrieron muy rápido de rojo.
Al ver que no iba a decir nada, continuó hablando.
—Lindo perro.
—Perrita —lo corregí—, se llama Nieve.
—Bueno, perrita. —Echó un vistazo alrededor—. Tienes una habitación muy pequeña.
—Sí, lo sé.
—¿Por qué te fuiste cuando comencé a cantarte la canción?
—¿Era para mí? —Solamente necesitaba su confirmación, ya que no quería darle crédito a mis tontas suposiciones.
—¿Para quién más?
—¿Vamos a tener una charla interrogativa?
—¿Quieres tenerla?
Y ambos nos echamos a reír, tanto, que tuve que tapar mi cara con una almohada en un gran esfuerzo por no hacer más ruido.
—Era para ti, Ana, no creo que seas tan tonta para no darte cuenta que me gustas. Y mucho. Desde que comencé a conocerte mejor, no puedo sacarte de mi cabeza. Tú haces que no tenga miedo, que crea otra vez en cosas buenas.
Nieve se había bajado de mis brazos y rascaba ansiosa la puerta para poder salir de mi habitación mientras mis ojos, como platos, no abandonaban la cara de Brian que acababa de decir en voz alta algo con lo que había estado soñando toda mi vida.
Un chico, uno de verdad, diciendo que yo le gustaba.
—Brian… yo… emm…
Él miró molesto a Nieve, le abrió la puerta para que se vaya y se acercó a mí. Cuando se sentó a mi lado en la punta de la cama, el colchón se hundió tan sólo un poco bajo su peso.
—Sé que yo te gusto también —dijo, sonriente, y me besó.
Con sus manos a ambos lados de mi cara y abriendo poco a poco mi boca, Brian logró que mi mente estallara en miles de fragmentos llenos de emociones. Abracé su cuello y me acerqué aún más a él, la cama haciendo ruidos por mi movimiento.
Continuamos besándonos por casi quince minutos, yo dejé que sus manos viajen libres, porque eso era a lo que una accedía cuando daba un beso.
En todo aquel tiempo, lo único que pasaba por mí cabeza eran mis padres, que ellos pudieran despertarse y verme en aquella situación opacaba todas las mariposas con alas de corazones que Brian producía en mí. No soporté mucho más, aunque esperaba en el fondo que él fuese el primero en cortar el beso; lo hice yo.
—Es tarde —dije, tirándolo hacia atrás.
—Oh, vamos, es sábado —protestó él, intentando retomar el beso.
—Es domingo, en realidad.
Me miró perplejo, como si esperase a que me ría y diga que era una broma.
—Debo levantarme temprano, y mis padres están a un pasillo de distancia. No les gustará nada verte aquí. —Quise decirlo sin que se sienta tan feo, pero por su cara era obvio que acababa de fallar.
—Bien, me iré.
Se acercó a la ventana y levantó la persiana con un estruendo, provocando que el aire se atasque en mis pulmones.
—Sé más cuidadoso —susurré, rogando por dentro que mis padres estén bien dormidos. Papá se volvería loco.
—Lo siento, Ana Banana, fue sin querer —dijo él sonriendo con ese hoyuelo tentador—. Nos vemos mañana.
—Me voy —contesté rápido ante su afirmación tan segura.
—El lunes, entonces.
—Cumplo años. Mamá planeó una cena en familia… —dije, restándole importancia.
—Okay, el lunes a la noche nos vemos. Espero que tu mamá prepare algo rico.
Comencé a protestar pero me calló con un beso y desapareció por mi ventana. Cerré todo cuidadosamente y comprobé que estuviera bien trabado antes de irme a dormir con una sonrisa llena de felicidad, la mente demasiado turbada con aquel enamoramiento como para pensar seriamente lo ocurrido.
Cuando mis parpados cayeron cansados y mis sueños cursis comenzaron, mis mejillas seguían todavía rosas.

***

Mi papá me había enseñado a manejar a los doce años. A los dieciséis, ya hecha una experta (casi), me saqué el carné de conducir donde podía hacerlo mientras vaya acompañada de un mayor responsable y no saliera de mi ciudad. Amaba manejar un auto, era una de las pocas cosas que de alguna extraña manera me tranquilizaban.
Mis padres sabían lo buena que era al volante, y lo responsable, obvio. Exceptuando sólo aquella vez en que Milo no estaba en condiciones y a Lia casi le da algo por el simple hecho de ver las llaves en sus manos. En parte siento que si mi papá se enterase de aquella situación, comprendería que fue lo más prudente y responsable que pude haber hecho. Por eso, era yo la que conducía por una ruta rural hacia la casa de mis abuelos.
Mi abuelo paterno, Donovan MacLean, tenía una casa en las afueras de la ciudad, con mi abuela muerta cuando mi papá todavía era joven, se quedó solo con un niño, y hasta que no trabó amistad con mi abuelo materno, Terry, vivió solo y casi recluido. Mi abuelo Terry tuvo una historia parecida a la del abuelo Donovan, sólo que mi abuela materna llegó a verme nacer y, unos meses después, un paro cardiaco la quitó de su lado.
Los dos eran terribles, mal humorados, de lengua filosa y sarcásticos. Un dúo excepcional. Mamá siempre dice que no puede creer que el abuelo Donovan le haya pedido a Terry que se mude con él, y mucho menos que el abuelo Terry haya aceptado. Pero luego de varios años de supervivencia nos dimos cuenta que tal vez fue una de las mejores elecciones de sus vidas.
De más chica había pasado vacaciones con ellos, y los conocía muy bien. Adoraba ser nieta única, ya que todo su amor era recibido solamente por mí. El abuelo Terry tenía una afición extraña a observar insectos, y recuerdo recorrer los campos linderos a la casa buscando criaturas diminutas para que él me contará sus historias. El abuelo Donovan, por otra parte, detestaba el aire libre, él era puro libros; principalmente de historia. A la noche, cuando me iba a dormir, yo no escuchaba versiones de “Caperucita Roja” o “Los tres Cerditos”, el origen de las sociedades, Egipto y los grandes Imperios era sus favoritos para ir a dormir. Y, secretamente, también eran y son los míos.
Cuando estacioné frente a su casa, un armatoste de madera y ladrillo desgastado, el abuelo Terry nos esperaba en porche sentado sobre su mecedora con un sombrero de paja dándole sombra a sus ojos verdes. Parecía salido de una película.
—¡Ah, familia, familia! ¡Donovan, viejo cascarrabias, ya llegaron! —dijo el abuelo Terry sin perder la sonrisa de su rostro.
—Papá —advirtió y saludó al mismo tiempo mi madre.
—Anita, hermosa mía, ¿cómo está tu pierna? —dijo el abuelo Donovan apareciendo y sin prestarle atención a mis padres.
—Cada día estás más linda, pequeña. ¿Estás estudiando? —preguntó el abuelo Terry alzando la voz—. Tú, MacLean, ¿le das de comer a mi nieta? Está muy flaquita.
—¿O te comes todo tú? —inquirió el abuelo Donovan—. Gabriella, creo haberte dicho millones de veces que pongas a dieta a tu marido.
Mis padres, acostumbrados y resignados a este tipo de cosas, simplemente dijeron:
—Hola, papá y querido suegro.
Luego entraron a la casa, mientras que yo riendo abrazaba a los dos hombres locos.
—Abuelos, deben ser más gentiles con ellos, no querrán traerme más.
—¡Podrás hacerlo a partir de mañana tú solita! —dijo el abuelo Terry.
Ellos continuaron llevándome mientras yo iba de a poco cayendo en el hecho de que no iba a cumplir cualquier edad, eran mis dieciocho. ¿Cómo pude olvidarme de la importancia de aquel número?
Mis abuelos habían preparado el almuerzo para nosotros cinco, y el mediodía se nos pasó volando, estar allí se sentía como si el tiempo hubiese sido frenado, podía ser una niña de nuevo y no pensar tal vez en cosas importantes y de relevancia que me esperaba en la ciudad. Incluso cuando el abuelo Donovan me preguntó sobre el profesorado de Biología, nada me desanimó.
A la tarde, mientras mis padres y el abuelo Donovan tomaban el té, el abuelo Terry y yo salimos a buscar insectos por el jardín de la casa. Aunque todavía era verano, se notaba al otoño cerniéndose ante la vegetación. Unas hormigas negras llamaron mi atención, cargando en sus espaldas pedacitos de hojas, metidas al cien por ciento en su trabajo, el abuelo Terry y yo nos tumbamos en el suelo, viéndolas ir y venir.
—¿Abuelo?
—Dime, querida.
—Cuéntame algo sobre las hormigas negras —pedí.
—Veamos… Sí, puedes darte cuenta que hoy no es un día de gran calor, dado que en el verano suelen trabajar de noche si la temperatura es muy alta.
—Eso es porque estamos cerca del otoño —me reí.
—¿Andas apurada, ojos verdes? Todavía falta un mes, no corras.
Le quité el sombrero de paja y me lo puse torcido en la cabeza.
—Sólo quiero que comience y termine rápido, no me gusta el otoño, odio el mes de Abril. —Suspiré, ese mes marcó mi vida.
Mi abuelo me miró por unos segundos, luego arregló el sombrero sobre mi cabeza y dijo:
—Debes pensar también en que esas hojas que llevan no son cualquier tipo de hojas. En realidad, las hormigas negras son muy exquisitas…
Di gracias a su cambio de tema y lo escuché con ganas hasta que mi madre nos llamó desde adentro para que comenzáramos a preparar las cosas. Al abuelo Terry le costó levantarse del césped sin mi ayuda y se negó rotundamente a admitir que estaba viejo.
Al rato ya estábamos todos en el auto (esta vez conducía mi padre, con el abuelo Donovan en el asiento de acompañante), yendo para mi casa, como todos los años desde que tenía memoria, para poder celebrar mi cumpleaños en una cena familiar.

Mírame - Capítulo 4

Capítulo 4

El lado bueno de la vida. El lado bueno de las cosas. El simple “lado bueno”. He leído durante toda mi vida a especialistas y profesionales decir (si no es sostener) que hay que desarrollar habilidades que nos ayuden a enfrentar mejor la vida. Concuerdo, claro está. Sin embargo, la habilidad a tener en cuenta es, en mi más humilde opinión, el Lado Bueno. Deberíamos aprender a ver eso en todos los momentos y poder replantearnos incluso la más nimia situación bajo esa lupa del Lado Bueno. Tal vez así el dolor de vivir sea más leve.
—Cuaderno de notas de Kiki

Mi madre corrió a buscarle un vaso de agua y yo intente arrastrar a Lila, que era mucho más alta que yo, hasta mi cama para tranquilizarla. La pobre chica lloraba acongojada. Por unos segundos me congelé y no supe qué hacer, pero mi instinto se activó enseguida y comencé a decirle palabras tranquilizantes a Lila, mientras le frotaba la espalda cálidamente.
Mamá llegó con el vaso de agua, y sin muchas ganas, hizo caso a la mirada que le lancé y se retiró de mi cuarto. Una vez que se fue y dejé de ver su sombra en el pasillo, ella claramente no iba a cerrar la puerta, comencé, muy tranquila, a inquirir sobre qué había ocurrido.
—¿Lila, cómo llegaste a mi casa? —pregunté, sabía que no debía hondar directamente en el tema si quería respuestas.
La verdad era que de todas las personas, ella era con quien menos trato tenía, sólo la veía cuando estaba con Milo. Y dado que el chico volvió a trabajar, poco y nada era las veces que nos cruzábamos.
—Es… estaba… estaba cer-cerca —hipó en la última palabra.
—¿Te robaron? —Seguí acariciando su espalda.
—No. —Y se volvió a largar a llorar, esta vez se tiró a uno de mis pequeños hombros, y sorprendida nada pude decir más que:
—Quédate tranquila, Milo está en camino. Él solucionará todo.
No estaba muy segura de eso, hacía cinco minutos el chico estaba tratando de lidiar penosamente con sus problemas, pero otra cosa no se me ocurrió para decir. Recordé entonces que Eli (amigo de todo el mundo) se había vuelto bastante amigo de ella.
—¿Venías a ver a Eli? —pregunté, mi curiosidad a veces me superaba.
Lila soltó mi hombro, se tapó la cara con las manos y asintió frenéticamente mientras sollozaba bastante fuerte. Iba a hacerle otra pregunta cuando la voz de mi madre dirigiendo a Milo hasta mi habitación me frenó. Balbuceó un “hola” en mi dirección y levantó a su prima, sosteniéndola en un gran agarre fraternal. La envidié un poco. Yo era hija única y mis padres lo habían sido también, así que mi familia consistía en mis padres y mis dos abuelos, porque las mujeres murieron antes de que naciera, y yo…
Corrí la vista de ellos. ¿Qué envidiaba, que la pobre chica esté llorando porque evidentemente algo horrible le sucedió?
—Iba a lo de Elijah, y dice que no le robaron… No pudo responderme más —ofrecí como ayuda y en tono de disculpa. Milo asintió.
—¿Podría esto quedar entre nosotros, Ana? —preguntó él, sacudí la cabeza como si no entendiera.
—Ella no está… ¿está bien? —No sabía ni lo que estaba diciendo.
—Lo va a estar si no le dices esto a nadie, principalmente a mi familia. Es una suerte que te haya llamado en ese momento.
Me quedé mirando al trapo de persona que era Lila en los brazos de su primo.
—No —dije rotundamente—. Si quieres que guarde un secreto necesito saber qué estoy guardando. Suficiente tuve con tu hermano.
A pesar de que el llamado de Milo fue de total tristeza y acababa de hacer énfasis en que su hermano tenía problemas, por su rostro no pasó ni una emoción. Si había algo en lo que Milo no había cambiado era en ser totalmente frío y distante la mayor parte del tiempo. La parte restante o lo agarrabas desprevenido, o simplemente te regalaba una pequeña muestra.
La voz que hablo fue la de Lila.
—Me siguen, Ana. —Sollozó fuerte—. Se convirtieron en mi sombra, ahora lo hacen todos los días, y hoy… hoy me tomaron por detrás y dijeron… dijo que la próxima vez no la contaría.
Mi corazón dio un vuelco y los ojos se me ampliaron como dos platos.
—¡Por Dios, hay que ir a la policía!
Ella volvió a llorar y a cubrirse con la chaqueta de Milo. Éste estaba tan estupefacto como yo.
—Su psicóloga dice que es su imaginación… Lila, ¿y si de verdad fue un truco de tu mente…?
—¡No me crees! —gritó ella separándose de él y mirándolo totalmente decepcionada—. ¡¿Me vas a venir con la misma estupidez que nuestra familia sobre cómo estoy intentando llamar la atención?!
—No. Pero tal vez…
—¿Tal vez, qué? —dije yo—. ¿Cómo va a inventar algo así?
Había visto la mentira de primera mano por parte de Diana, envolviendo en su meñique a Lia, Kevin…, lo de Lila era real, algo en mí le creía. Sabía que no mentía.
—Vete, Milo, si no me vas a creer es mejor que te vayas y que seas tú el que no diga nada a nuestra familia, lo único que me falta es terminar en un loquero como tú. —No me gustó que haya buscado algo para herirlo porque ella estaba herida, pero sin embargo yo había hecho algo parecido el otro día, así que intenté no juzgar—. Me quedaré en lo de Eli esta noche —dijo secándose las mejillas mojadas, mientras más lágrimas silenciosas caían por su rostro. Intentó tomar una postura fuerte y orgullosa.
—Yo te llevó —dijo Milo, como si no hubiese dicho lo primero.
Ella dudó y al final asintió, el miedo que tenía a andar sola fue más fuerte.
Al final, terminé acompañándolos a la puerta, bajo la inquisitiva mirada de mis padres y la atmosfera de drama de los dos primos enojados, tristes y angustiados. Les dije que me avisen cuando llegaran a lo de Eli, porque quería quedarme tranquila de que estuvieran bien, aunque no sabía si ella tuviera mi número y si Milo se molestaría en hacerlo. Lila me lanzó una mirada de agradecimiento mientras subía al Chevy negro y en cuestión de segundos doblaron la calle y se perdieron de la vista.
No contesté las preguntas de mis padres porque no debía decir el secreto a nadie y para mí nadie los incluía a ellos, además, no sabía muy bien cómo explicar una situación así sin dejar como una desequilibrada a la chica protagonista. Al final, y como a mí nadie me había seguido en la calle, tomé mi bolso, mi campera, y me fui a Dix. A aquella hora era el turno de Brian.
Cuando llegué al bar lo primero que noté fue el cambio en su ambiente, se respiraba un aire artístico, y muy equivocada no estaba, porque allí en el fondo dos escenarios diminutos estaban montados uno al lado del otro, el mejor iluminado tenía todos los elementos que indicaban era para hacer karaoke, el otro, sin embargo, estaba vacío y sin luz.
Me senté en la barra, y la sonriente y hermosa cara de Vanesa me recibió, ella era una chica muy dulce, me caía bien.
—¡Hola, Ana! ¿Cómo estás?
—Hola —sonreí—. Muy bien, ¿y tú?
—Excelente. Hoy es una buena noche. ¿Has visto los escenarios? Son para karaoke y presentaciones, ¡también se pueden unir en uno más espacioso! Creo que nuestro dueño es un visionario —dijo, hablando más que nada para ella.
—Están… muy bien, de verdad. Emm, ¿y Brian?
—Oh —Ella salió de sus pensamientos—, justamente, hablando con el dueño.
Señalo a un costado del karaoke y Brian estaba allí hablando con… Marcel.
Marcel era el dueño de Dix.
La información entraba pero no encajaba. La vez que lo vimos aquí con Amelia, él dijo que solo ayudaba a una amiga. ¿Nos había mentido? ¿Por qué? Casi me levanto del taburete para ir a preguntarle qué hacía él siendo dueño de un bar así, pero había terminado su conversación y el hombre desapareció detrás de una puerta roja que decía “solo personal autorizado”. Brian, por otra parte, subió al escenario.
—Bueno, hola —dijo él—. No creo que sean tontos y no vean que estamos innovando en Dix con un karaoke, así que, nada, las reglas son simples, vamos a tener las noches de karaoke todos los jueves y viernes. A partir de las once y hasta que dure, chicos. ¿Alguien se siente con ganas de subir y comenzar?
Claramente, nadie habló, muchos se rieron.
—¡Comienza tú! —gritó Vanesa al otro extremo de la barra y sus dos compañeros apoyaron la moción.
Poco se resistió, yo sabía lo mucho que amaba cantar. Comenzó a buscar en la pantalla táctil que se alzaba en un atril al costado de uno de los micrófonos. Se reía algo nervioso, pero decidido. Volvió a levantar la vista en busca de Vanesa y la siguió hasta donde ella se había movido, que era a mí lado y me vio.
Una gran sonrisa llena de dientes apareció en su rostro y su mejilla se ahueco de esa forma que hacía que mi estómago se comprimiera.
—Tenía dudas sobre qué cantar, pero acaban de aclarar mi mente —dijo, y me guiñó un ojo.
—Él te hace sonrojaaaar —dijo burlonamente Vanesa mientras seguía atendiendo cerca de mí.
Podía suponer lo que era mi cara en ese momento. Brian hizo que la música comience, y yo me arrepentí enseguida de haber ido al bar, la vergüenza me invadió tan fuerte que salí corriendo hacia afuera mientras él comenzaba a cantar una canción que no conocía.
Me planteé esperarlo o entrar luego, parecían buenas ideas, pero era consciente de que no saldría a buscarme y dejar de cantar, tampoco sabía cómo encararlo luego de huir cuando estaba dedicándome una canción. Al final, había hecho todo aquello para verlo y ahora huía de él, pero me costaba horrores luchar contra esa fuerza gigante e imaginaria que era mi timidez, y que sólo se activaba cuando estaba cerca de Brian.
Miré hacia la puerta con la esperanza inocente de que se abriera y él saliera a mi encuentro. Aunque la puerta sí se abrió, cuando lo hizo no reveló a ningún chico lindo con hoyuelos, sino que dos hombres salieron caminando y hablando con las cabezas muy juntas y en susurros, cuando levantaron la mirada vi que uno de ellos era Marcel y el otro un simple desconocido que logró que un estado de estatua se apoderara de mí.
Era la versión masculina de Amelia, un poco más alto y rudo, pero sin más diferencias. Allí donde Brian se parecía mucho a ella, este chico lograba que el anterior se sintiera como una copia barata de la presencia imponente que los hermanos Torth tenían, porque sin duda alguna, aquel desconocido era Franco Torth.
—¡Ana! —me saludo el viejo francés cuando se dio cuenta que estaba frente a ellos. Franco se limitó a mirarme de arriba abajo, yo hice lo mismo con él, sacando un valor irracional en aquel simple acto, contradictorio a mi acción con otro chico hacía menos de cinco minutos.
—Marcel, hola —respondí—. No sabía que habías sido tú el que compró Vodka.
—Creo que hice una buena inversión, ¿no crees? —respondió medio nervioso.
—Sí, lo creo. —Tenía mucho más por preguntar, y tuve que morderme la lengua para no hacerlo, porque no quería que Franco Torth me escuchará decirlas en voz alta; muchas de ellas cuestionaban a su hermana. Aparte sabía lo mal que eso le haría a Marcel, y no quería causarle daño—. Yo… Uhm, mejor me iré a mi casa. Que sigas bien, Marcel. —Asentí en saludo al hermano de Amelia. Él solo me observó.
—Ana —dijo una voz grave y sin quererlo mi respiración quedó atrapada en algún punto entre mi boca y pulmones. Me giré—. Marcel puede llevarte.
—No, claro que no —dije—, no hay necesidad.
—Franco está en lo cierto, querida, te llevamos.
—De verdad, Marcel, puedo caminar.
—Una noche gris y sin estrellas —dijo el chico mirando al cielo—, solo puede significar lluvia.
—Que no se hable más, vamos, vamos.
Marcel dijo todo aquello caminando hacia mí y empujándome por la espalda hasta un coche negro y en apariencia caro, allí, esperando y en estado de alerta, estaba Augusto, vestido de traje.
—Llevaremos a la señorita hasta su casa. Conoces el camino, ¿cierto? —preguntó el francés.
—Sí, señor —respondió Augusto. Me miró, dio una leve sonrisa y se subió al asiento de conductor.
Franco abrió una de las puertas del auto para mí, entré y la cerró con ligereza, Marcel apareció al lado mío y cuando el coche arrancó me di cuenta que el chico no había subido con nosotros. No me animé a preguntar el por qué.
Ninguno de los tres que viajábamos en el auto pronunció palabra, aunque el aire era cómodo, dado que a los dos lo conocía. Miré al hombre sentado a mi lado y él observaba hacia la ventanilla con aire taciturno, por el espejo retrovisor, Augusto le lanzaba miradas furtivas que Marcel no llegaba o no quería ver.
Al final llegamos a la puerta de mi casa y me bajé dando las gracias, que fueron bien recibidas por los dos con amables sonrisas en sus caras. Cuando saqué las llaves para entrar, unas cuantas gotas comenzaron a caer, y el coche no arrancó hasta que desaparecí por el umbral. La lluvia fue en aumento y sonreí.
—¿Hija? —preguntó papá—. Creí que habías ido a ese bar, volviste rápido.
—¿Sucedió algo, Ani? —interrogó mamá.
—Nop.
—¿Y tus amigos, los que vinieron hace un rato, están bien? —siguió mi progenitora.
—Yo… —Revisé mi teléfono y tenía un mensaje de Milo que decía que todo estaba “ok”—. Sí, mami, todo bien.
Ambos sonrieron y continuaron viendo una película en la sala de estar. Yo crucé la pequeña habitación hasta la cocina y me serví un vaso de jugo, mientras pensaba en el tiempo que había transcurrido desde que no veía a Marcel, y Augusto trabajando para él era como volver a los viejos tiempos donde el Instituto Étoile seguía en pie, y nadie (profesores, alumnos, empleados) había sido despedido por los juegos y caprichos de una adolescente. 

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V.J. Bernal
Soy aficionada al café y escribo. Nací en algún momento de los 90' y actualmente estudio Letras. Cuando no estoy soñando despierta, lo hago dormida.
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