Cien historias, cien extraños



Su nombre no importa



Su nombre no importa. ¿Su edad?, la puedo suponer. Sus ojos del color de las hojas que caen en otoño, su cabello solo un poco más claro…

Me sonreía y miraba hacia otro lado. Sonreí de vuelta aunque ya no me viera, y miré a mí regazo. De los parlantes del subte una voz femenina anunció la próxima estación. Volvió a mirarme mientras gente subía y bajaba, mi estómago tenía vida propia y mis mejillas ardían sin control. Los cuerpos interferían en nuestro encuentro de miradas y me mordí el labio desesperada porque se corran.



Se corrieron y fue un alivio volver a verla, sonrojándose y corriendo esa mirada de un azul cielo, su cabello color miel salía por debajo de un gorro de lana negro, brillaba debajo de la luz blanca del vagón. Sus delicadas manos sostenían un cuaderno y se movían nerviosas. Yo quería ser el motivo. Esperaba serlo. 

¿Podía levantarme y besar su boca delante de tantas personas y sin conocerla? Cada vez que se mordía el labio, este tomaba un color intenso, para luego volver a ser pálido, y me volvía loco. Lo hizo, y tuve que recurrir a toda mis fuerzas para no saltar del asiento. 

Mi corazón daba tumbos cada vez que parpadeaba y deseaba con ansias conocer su voz. ¿Cómo sonaría mi nombre dicho por ella? Esto era una locura.



—Lo siento —dijo la mujer que acababa de toser, saltar y golpearme.

—Está bien —contesté.

Él se puso rojo como un tomate, como yo. Hasta ahora creí ser solo yo la avergonzada. Me quedé mirándolo con una valentía desconocida y aquel hermoso chico no corrió la vista.

Fuegos artificiales, música y un dolor inmenso en mi vientre explotaron ante su sonrisa. Sonreí también.

La voz anunció la próxima parada y el aire artificial del subte se evaporó. Él se levantó, mirando hacia abajo, salió por las puertas y estás se cerraron. Sentía a los fuegos apagarse en mi interior con una tristeza profunda. Pero él no se había movido, y mientras el vagón se ponía en marcha, se dio media vuelta, gritando, pero no lo escuchaba, no con tanto ruido. Me levanté y caminé por el vagón siguiéndolo por dentro. Hacía señas a un cartel detrás de él, a su muñeca y al piso. No entendía… Todo se volvió oscuro cuando salimos de la estación. Me giré, alguien había tomado mi asiento, choqué la espalda contra la puerta cerrada. Apreté el cuaderno contra mi pecho en frustración.



Había pensado mucho sobre si ponerme o no la misma ropa, pero no era ella la que me iba a buscar. Esperaba que un milagro sucediera. No había dormido en toda la noche pensando cómo pude ser tan tonto de no pensar algo hasta bajarme. Si ella no había entendido y si no aparecía hoy, la buscaría por todos los subtes, todos los días, a todas las horas.

Escucharla hablar había sido como una explosión interna, y ver en su rostro una sonrisa era descubrir lo que es sonreír por primera vez…

Otro vagón llegó, habían pasado muchos ya. Las puertas se abrieron y, entre la multitud, visualicé a un gorro de lana negro, sin moverse. Con la emoción inflando mi pecho comencé a acercarme. El color miel contrarrestando el negro fue lo siguiente que vi.



—Hola —dijeron a mí espalda.

Ya estaba empezando a sentir la realidad de esta locura, me calme a mí misma y me di la vuelta.

—Hola —saludé a los ojos color otoño.

Su sonrisa iluminó el túnel oscuro por el que desaparecía el vagón del que me bajé.


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Su nombre no importa - 
(c) - 
V. J. Bernal 

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