Mi regalo de San Valentín (un par de horas atrasado)

Hace un tiempo pensé en escribir un capítulo sobre Destrúyeme para San Valentín. Tal vez algo sobre Milo, Mar, Elijah... incluso una amiga me animó a hacerlo sobre Marcel y Kiki (gracias, Mel). Pero opté por hacer otra cosa. Ya estaba en mis planes, y no es algo al azar, este capítulo va a estar dentro de uno de los libros de la serie (el cual, por si no lo sabían van a ser 4, no me odien).
En fin, acá esta el capítulo, y... las cosas son peores de lo que se imaginaban.

El último San Valentín
Una historia de la serie Diez Estrellas


Me había preparado con demasiada anticipación. Tal vez eran mis nervios horribles atentando en mi contra, pero… tenía miedo. ¿De qué? ¿Cómo iba a tener miedo de una cita, con mi novio?
Bueno, me mentía a mí misma. Todo lo que estaba sucediendo en mi vida era lo que me daba terror. Jazmín y yo explotaríamos en cualquier momento, ya no podíamos manejar toda aquella locura. Se nos estaba yendo de las manos.
El parque en el que estaba sentada era enorme, repleto de árboles, arbustos y flores de colores. Hacía calor, y mi vestido amarillo hizo contraste con el luminoso entorno hasta que la luna salió y las sombras opacaron todo. Había elegido aquel lugar porque ella estaba ahí dentro. La había seguido. Cuando Jaz lo sepa, va a matarme porque no le dije. Reprimí mis pensamientos, ya estaba allí, no podía darme la vuelta. Tenía que ver con mis ojos a la maldita que arruinó mi vida y la de mi mejor amiga.
Me levanté. Ya estaba con los minutos contados y si quería llegar a la cena con Milo, debía hacerlo ahora. Frente al parque se alzaba el Instituto Étoile, no entendía muy bien qué hacía ella ahí, pero eso era irrelevante. Iba a enfrentarla.
Las grandes puertas dobles estaban abiertas, desde dentro salía una melodía hermosa, pero no me dejé engañar. Entré. Una pancarta decía: ¡Feliz San Valentín!, y una señora se sentaba en la entrada a la sala con una gran caja.
—Solo una colaboración para la Fundación de niños con cáncer —me explicó—, y tienes tu entrada. —Sonrió.
Saqué un par de billetes y los tiré en la caja, ella me entregó un pequeño papel que no miré. Me fui sin dar las gracias y escuché como la señora le decía a otra:
—Hemos recaudado tanto. ¡Ay, Madame es tan bondadosa al hacer esto por nosotros!
¿Qué diablos hacía ella en un maldito acto benéfico? Si era una arpía, una chupa sangre. Me tranquilicé y continué caminando. Un gran teatro estaba establecido al final del salón, butacas llenaban el lugar y un pequeño, pero no tanto, espacio, se abría para dejar a la gente estar parada y pasear. Cerca de un ascensor había una gran cantidad de gente, entre ellas una señora con rostro severo y un bastón negro con plateado en la punta, tenía una postura de mandona y no necesité saber su nombre, cuando su rostro era mundialmente conocido. Madame Étoile, que charlaba alegremente con una copa en la mano. Ancianos, pequeños corriendo, una cantidad terrible de adolescentes y demás, paseaban de aquí para allá, otro tanto estaban sentados en las butacas, como si esperasen un show.
Yo no podía perder tiempo y comencé a buscarla. No me costó mucho, ella sobresalía de la multitud con un vestido brillante que claramente le quedaba grande, pero lo lucía de tal forma que lo pasabas por alto. Caminé hacía ella y me paré a su lado. Estaba sola, mirando al escenario, esperando. Las luces se atenuaron, el telón se abrió y una chica no lo suficientemente linda, de cabello castaño y vestida algo vulgar; con un jean, una remera acampanada y un par de zapatillas de distinto color estaba frente a un micrófono y una banda; no, una orquesta, estaba tras ella.
El rostro de Diana se iluminó y sonrió, Madame flotó rápido por mi costado y tomó lugar delante de todo, parecía orgullosa de la chica, y esto era especial, me di cuenta.
—¿Amiga tuya? —pregunté.
Ella se paralizó en un segundo, su postura se puso alerta y cuando la música sonó las cabezas que no prestaban atención giraron para admirar el escenario. Diana tomó mi brazo y bruscamente me corrió hasta una puerta cerca del ascensor. La abrió y me tiró dentro; eran las escaleras.
—¿Qué mierda haces aquí? —escupió.
Set fire to the rain de Adele era nuestra canción de fondo. Los ojos de Diana brillaban con furia, y una sonrisa estiró mi cara.
—Te seguí. No te creas tan inteligente.
—¿Para qué? ¿Qué quieres de mí? No te voy a dar Luna Llena, maldita mocosa.
—No pareció importarte antes, ¡mientras experimentabas con nosotros! Quiero saber cómo curarme, y me lo vas a decir. ¡O voy a denunciarte, perra! —grité, estaba agitada, esa maldita droga no se iba más de mi cuerpo. Era una adicción incontrolable.
Diana se rió.
—¿Qué? ¿Crees que por seguirme eres lista? Los padres de tu amiguita Lekker ya sospechan…, ¿o es mentira que las dos van a un psicólogo? Tienen vergüenza de ustedes mismas. No tienen las agallas de ir a contárselo a nadie. Voy tres pasos por delante de ti, Mora.
El miedo me inundo, me llenó por completo, pero necesitaba presionarla. La voz de la chica que cantaba era hermosa, acompañada por todos esos instrumentos… era su amiga.
—S-se lo diré a tu amiguita —dije, repitiendo su tono de voz.
—No te metas con Amelia —soltó, como si no pudiera contenerse, el monstruo salió de ella y luego me empujó contra la pared. Sonreí, porque había descubierto su punto débil. Pero tan rápido como vino, se fue. Diana se tranquilizó y dijo—: ¿Crees que cuatro saben guardar un secreto? Yo sé lo que sucedió en aquella fiesta. Sé lo que le ocurrió a esa chica. Y es tú culpa. ¿Quieres provocarme? Hazlo, y va a ser tu fin… y el de Jazmín Lekker.
—¡NO! —grité.
Un chico de pelo oscuro y pecas abrió la puerta, haciendo que ambas dos nos sobresaltemos. Yo temblaba. ¿Cómo podía saberlo? Jeremías, Jazmín y yo habíamos hecho un juramento. Y no creía que Aaron fuese tan estúpido como para contar algo donde él se llevaba la total culpabilidad. Aunque ese enfermo era capaz de cualquier cosa…
Diana enfrentó al chico.
—Di, te estaba buscando por todos lados, Lia acaba de termin… ¿Sucede algo? —preguntó, mirando hacia mí.
—No, Bri- Hum. No, solo… algo urgente, ella ya se iba. Tiene una cita con su novio en un restaurant elegante —rió, como haciendo saber que ella sabía exactamente hacia dónde me dirigía. Las piernas me fallaron y Diana se apresuró a sostenerme.
—¿Está bien? —preguntó el chico con genuina preocupación. ¿Cómo no veía el monstruo que era esa chica?
—Sí —respondió Diana—. Solo nerviosa. Con algo de aire se recuperará. Dile a Lia que ya voy con ella.
El chico me miró una última vez, asintió y se fue, dejándome otra vez sola con el Diablo. Sentí como el aire se esfumaba, el mundo entero me dio vueltas.
—Es tu culpa —susurraba mientras Diana me arrastraba por una puerta de servicio que estaba media oculta—. Tú y tu maldita droga experimental, loca… estás loca.
Salimos a la calle y sin contestarme, me llevó hasta la esquina y frenó un taxi.
—Nunca te escuché quejarte mientras la tomabas —dijo, probando dejarme de pie. Yo me sostuve, pero mi cuerpo no se sentía mío—. Y tampoco lo haces cuando Jazmín te trae Luna Llena que le dio Jeremías. Te repito, no me busques, porque me encontrarás. Si te vuelvo a ver cerca de mí mientras estoy con mis amigos, te destruiré. —Me subí dentro del taxi, aturdida, enojada… y rendida.
—No puedes hacer esto —lloré—. No puedo seguir así, no tengo control de mí, por favor.
—Prueba con cortarte, o puedes pegarte un poco. Me dijeron que alivia el malestar.
Asentí, mientras le decía al taxista la dirección. El auto arrancó y dejé atrás a Diana, las calles se esfumaban en una nebulosa. No debí tomar el poco de Luna Llena que me quedaba antes de venir.
Cuando llegué al restaurant, Milo me esperaba impaciente en una mesa, vestía elegante y estaba hermoso. Hubo un tiempo en que lo amé con locura.
—Te atrasaste, ¿está todo bien? —preguntó, con una máscara de seriedad que yo aprendí a leer muy bien.
—Sí —susurré, y me arrastré hasta la silla.
—¿Estuviste llorando?
—¿Qué?
—Tienes los ojos rojos y brillantes —dijo. Él ya sabía que algo andaba mal desde aquella fiesta. Pero intentaba seguir con normalidad, cuando mi mundo se había quebrado en dos, y él se quedó del otro lado. Donde hay luz y todo brilla. Yo… incluso mi alma era lúgubre.
—Tengo sueño, Milo, estoy cansada.
—Me hubieses dicho y no veníamos.
—Es San Valentín, y soy tu novia.
—Y porque eres mi novia y te amo, toma.
Milo me entregó un delicado anillo. Cinco diminutos diamantes cubrían la parte de arriba, era hermoso. Pero lo único que pensé fue cuánto Luna Llena podría comprarme con lo costó aquella joya.
—¿Te gusta? —Asentí, otra cosa no podía hacer. Él me miró preocupado, luego lo colocó en mi mano—. Vamos. —Se levantó y yo hice lo mismo—. Te llevaré a tu casa.
Mientras íbamos en el Chevy negro de Milo, yo parecía un autómata. La conversación con Diana solo había empeorado mi estado, la odiaba con todas mis fuerzas, y solo eso reconocía mi cerebro; la ira, el odio, y todo lo malo.
Antes de que pudiera darme cuenta, ya estábamos estacionados en la puerta de mi casa.
—¿Quieres que me quedé contigo? —preguntó Milo.
—No. —Me bajé del auto y cerré la puerta.
—Hey —me llamó, había bajado el también. Se acercó y tomó mi cara entre sus manos. Estaban frías—. Te amo, Mora, feliz día —dijo, antes de besarme por dos segundos, porque yo corrí mi cara—. ¿Amor? —suspiró y me abrazó fuerte—. Todo va a estar bien, te lo prometo.
—Nos vemos mañana, Milo —susurré, y caminé como pude hasta mi casa.
No lo vi irse, ni le presté atención a la nota de mis padres que seguramente decía que se habían ido. Sino que subí las escaleras a mi cuarto y me encerré en el baño, luego de sacarme el anillo de Milo y dejarlo sobre mi escritorio. ¿Qué había dicho Diana? ¿Cortes? Tomé una tijera del cajón y la pasé suavemente por mi muslo. Luego presioné un poco más, y más, hasta que la sangre salpicó el piso y mi mente estaba más clara.
Le mandé un mensaje a Jazmín, debía contarle cómo calmar nuestro dolor… con más dolor. Ella tenía una llave y no tardó mucho en llegar, cuando lo hizo, Jeremías estaba con ella y traía más Luna Llena.
—Feliz día, hermosa —dijo ella, mordiendo mi mejilla, se pasó el dorso de la mano por la nariz; ya había tomado un poco.
—Idiota —me reí, mientras le sacaba la bolsita a Jeremías, él se tiró en mi cama y yo me senté a horcajadas sobre él.
Una vez que la droga corrió dentro de mí, pude respirar. El chico estaba acariciando mis piernas por debajo del vestido y toco los cortes frescos.
—¿Qué es esto?
—Ah —dije, recordándolos—. Los que les iba a contar, detiene el dolor.
—¿Quién te lo dijo? —preguntó Jaz desde el baño, donde se estaba atando el cabello. Ella tenía el mismo vestido que yo pero en turquesa, recordaba haberlos comprado el mismo día, ¿o fue uno diferente? Bah, no importada.
—Diana —respondí.
—¿Fuiste a ver a esa maldita? —preguntó Jeremías, irguiéndose y besando mi cuello, mientras ponía la bolsita de Luna Llena cuidadosamente en mi mesita de luz.
—Sí —gemí, ya que él ahora también pasaba sus manos por todo mi cuerpo.
—Voy a intentarlo —dijo Jazmín—. Tomé hace un par de horas y ya me siento abrumada…
Yo era la que ahora besaba a Jeremías, así que lo mordí y me separé de él, yendo hacia mi amiga que sostenía la tijera en su estómago. Se la saqué de las manos y le di una mirada inquisitiva, ella asintió y muy despacio pasé el filo por su vientre. Jazmín lanzó un gritito ahogado pero luego jadeó.
—Mierda —dijo, con un brillo de placer en los ojos.
—Desde aquí te veo las bragas —gritó el chico que estaba en la cama.
Ella se rió y fue hasta donde se encontraba, la observé mientras le saltaba encima y le mostraba el corte, todo se volvió lujurioso en tan solo segundos, así que cerré la puerta del baño y me senté en el suelo, escuchándolos.
Si la chica de la fiesta hubiese sabido que cortarse calmaba el dolor, ¿hubiese tomado menos pastillas? Tal vez no las habría mezclado con Luna Llena y alcohol… Tal vez Aaron no la hubiese encontrado en ese estado semi inconsciente, tal vez nosotros tres no hubiésemos visto lo que sucedió…
Sacudí la cabeza y me levanté. Me enjuagué la cara, entendía a Aaron, porque yo no era mejor que él. Tenía malos pensamientos, hacía cosas que estaban mal, quería golpear y romper todo.
Un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos. La abrí. Era Jeremías. Salí afuera y vi a Jaz sentada en ropa interior en mi escritorio.
—Odio cuando te escondes —dijo él.
—¿Mi hermano te dio este anillo? —preguntó mi amiga—. Con razón llegó a casa triste. Es un experto sofocándote. Que cursi.
—Estoy pensando en dejarlo.
—En mi mente están separados hace mucho, amiga mía. —Ella esbozó una sonrisa.
—Ven. —Jeremías me arrastró a la cama—. Estuve con ella todo el día. Te extrañé. —Jazmín se rió y el chico comenzó otra vez a besarme—. Feliz San Valentín, mi amor —me susurró él.
—Te amo —le susurré yo.
—Los escuché —dijo Jazmín.
—A ti también te amo —dije.
—Y yo a los dos —me respondió ella.
Mi amiga se giró dos segundos antes de volverse y vi que escribía en nuestro diario. Jeremías nos tapó con mi cobertor y me perdí allí abajo con él, mientras pensaba en cuán loco era que con Jazmín compartiéramos un diario, un vestido… y también a un chico.
Al final, mi día de San Valentín había terminado bien. Lo que ninguno de los tres sabía era que iba a ser el último.



Comentarios

  1. me encanto tu serie .... espero que el siguiente libro salga (no se si ya esta) luego .... gracias por este capitulo .. me quedan varias cosas mas claras ... eres genial :)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, Loretta, gracias por leerlo y por dejarme tu comentario! Saludos.

      Eliminar
  2. cuando sale el segundo ????? PD: gracias por darte el tiempo de responder ... Salu2

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No, al contrario, para mi es un placer :)
      Como estipulación, a mitad de año, pero siempre puede variar.

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Mírame - Capítulo 6

Destrúyeme ya está disponible!

Cien Historias, Cien Extraños