Cien Historias, Cien Extraños

Me amas, ¿cierto?

Por un momento se arrepintió amargamente de haber asistido a la fiesta. Las caras, aunque en su mayoría eran conocidas, solo le provocaban recelo y tenía muchas ganas de huir corriendo de allí. Si no fuera por la chica de largo cabello, lo hubiera hecho hacia mucho rato.
Ella no se daba cuenta de que estaba siendo observada, pero claro, desde aquel punto donde él estaba sentado en la cocina con sus amigos y los amigos de ellos, casi nada se podía ver. Así fue que notó como sus ojos lo pasaban de largo, y una súbita punzada de rabia le fulminó el pecho.
Los tragos iban y venían, pero él se abstenía a tomar cortos sorbos de su cerveza ya caliente. Necesitaba la mente despejada. Volvió a tocar dentro de su bolsillo derecho, y con sus dedos, la pequeña cajita de terciopelo. Dentro había un anillo. Había planeado proponerle matrimonio a Vanesa, pero luego todo se volvió confuso y llegó a aquella fiesta sin sentido. Habían estado discutiendo por lo que parecía una eternidad.
Vanesa era su amiga de toda la vida, desde que a los doce años, jugando al juego de la botella, ellos se tocaron tres veces seguidas, y tuvieron que darse el famoso beso “de adultos”, como le decían en eso momento. Claro que lo que nunca pensaron era que desde aquella vez iban a ser inseparable. Él estuvo en su primer corazón roto, ella en el divorcio de sus padres, él cuando suspendió tres materias, ella cuando una loca lo dejó en el medio de la ruta como Dios lo trajo al mundo, y así, infinidades de anécdotas. Nunca había pensado en Vanesa como mujer, hasta que uno de sus novios le rompió el corazón y ella quedó destrozada, realmente lo amaba. Ese mismo día fue a buscarlo (algo que solía hacer con todos los idiotas que la dañaban) y no solo lo obligó a que se disculpe (cosa que extraordinariamente para Vanesa, todos hacían luego de dejarla) sino que lo amenazó con que volviera con ella y la hiciera feliz. Cuando su hermana, una entrometida pero buena persona, se enteró de lo que él hizo, sus ojos ya grandes se abrieron como platos y gritó:
—¡Estás enamorado!
Él le lanzó un almohadón a modo de respuesta, y ella se fue de su habitación riendo. Sin embargo, esas palabras se le quedaron grabadas en la mente, sin dejarlo dormir, y comprendió que eran verdad; la amaba a tal punto que era capaz de obligar a cualquier imbécil que no la mereciera a que la haga feliz si eso era lo que ella quería.
Crazy de Aerosmith comenzó a sonar desde el living y él movió rápidamente su cabeza hacia allí. Y sí, la chica de cabello largo bailaba con deleite la canción, moviendo sus labios con las palabras de la música y sus bellos ojos estaban cerrados. Bastián sacudió la cabeza. ¿Qué estaba haciendo? La cajita de terciopelo quemaba en su puño cerrado dentro del bolsillo. La soltó y se levantó, teniendo a aquella chica como objetivo.
—Hombre, ¿te vas?
La voz de uno de sus amigos lo sacó de un trance. Negó con la cabeza y en vez de ir al living donde la chica de cabello largo bailaba como una Diosa y todos la miraban y eso realmente le molestaba, fue por la otra puerta, hacia un pasillo, queriendo llegar al baño.
El estrecho pasillo estaba ocupado por dos jóvenes. Él le decía a ella en tono meloso que era la única capaz de sacarlo de la agonía que sufría si le daba un beso, ella respondía que solo un beso y se largase, pero el chico le dijo que podría ser el primero de muchos y con eso, ella lo besó. Punto ganado, chica ganada.
Siguió caminando y entró al baño a echarse agua en la cara.
Bastián recordaba su primer beso real con Vanesa, el primero de muchos, como había dicho el Don Juan del pasillo. Él había discutido con su chica de aquel entonces, y ella lo había dejado. Vanesa no entendía cómo era que no le preocupaba, hasta que él casi gritó:
—¡No la quería! ¿Está bien? ¿Estás contenta con la respuesta? ¡Estoy enamorado de otra! Intento sacármela de la cabeza, pero ninguna puede.
Ella se quedó callada por un momento, su corto cabello tapándole los ojos. Luego, en tono de decepción, dijo:
—¿Estás enamorado y yo no lo sé?
Él se rió. ¿Qué más iba a hacer, decirle que era ella? Claro que no podía, pero hizo algo mucho más patético, y fue besarla. Un beso que Vanesa profundizo, pero luego lo apartó, lo miró llena de tristeza, lo golpeó, y comenzó a recoger sus cosas.
—¿Cómo…? ¡¿Por qué hiciste eso?! ¡Eres mi amigo!
Eso lo enfureció.
—¡No quiero serlo!
Y eso hizo que ella comenzara a llorar. Vanesa se largó de la casa echa un trapo.
A los dos segundos que la puerta principal se cerró, la hermana de Bastián se paró en el umbral de la puerta y lo miró ceñuda.
—¿Qué estás esperando, tontito? —Él miró a la intrusa rubia que lo escudriñaba con esos ojos grandes—. Ay, hombres —se lamentó—. ¡Corre a buscarla! ¿Es que no lo ves? ¡Antes que nada, eres su mejor amigo!
—¿Y eso qué? —dijo, en un estado entre tonto por el beso más perfecto en toda su vida, y la rabia de cómo se echó a perder en tan solo segundos.
—¿Cómo que qué? Tiene miedo de que todo cambie. De verdad eres bobo.
Las fichas cayeron una por una formando la verdad de la situación, y aunque jamás le agradeció a su hermana por ello, la chica le había salvado la vida.
Bastián corrió tan solo dos cuadras y media hasta alcanzar a Vanesa, y la pobre lloraba desconsolada. Primera señal de que lo quería. Cuando lo vio ir hacia ella, sus ojos se iluminaron. Segunda señal. Y cuando él llegó frente a ella y tomó su cara entre las manos, sus rodillas temblaron. Tercera señal. ¿Hacía falta más?
—Te amo —comenzó él—. Con todo el corazón, y no sé cuándo comenzó, ni cómo, pero lo único que quiero es besarte hasta dejar de respirar, y aun así sé que estaré más que vivo porque tú estás conmigo.
—Bastián…
—No voy a cambiar, ni tú lo harás. Somos amigos que se aman, y no me digas que no me quieres de esa forma. Te prometo que besaré tus risas, tus tristezas y tus dolores, tu felicidad y alegrías, todo, pero no llores por mí… no huyas de mí…
Ella no respondió, porque su voz se había perdido en alguna parte. Solo puedo tirarse encima de él y besarlo, abrazarlo, riendo y llorando, pero de felicidad…
Él acababa de secarse la cara con una toalla, cada vez estaba peor; las manos le temblaban. No podía creer que de aquella vez ya hayan pasado cinco años. Eran tan jóvenes…
Volvió a la cocina, esta vez se acercó a la puerta, con la esperanza de ver a la chica de cabello largo. Ella seguía en el living, tomando y riendo con sus amigas. Sus piernas largas colgaban del brazo de un sillón y alguien se las acarició. Odió a quién fuese que lo haya hecho. La chica respondió algo y sus labios se movieron tan sensuales que Bastián casi tuvo que taparse la parte delantera de sus pantalones con la campera. Aquello debería de ser ilegal. Una rubia le susurró algo y ella giró su cabeza, en el movimiento, su melena voló con un viento propio y Bastián solo quería hundir su rostro en ella. Pero la chica lo estaba mirando a él… directamente a los ojos. Y estos quemaban.
Como lo hacía la cajita con el anillo.
Como lo hacía todo su cuerpo.
Bastián se levantó. No podía soportarlo más. Tenía que tocarla, verla, olerla… besarla. Pero ella se levantó al mismo instante que él. Cuando caminó, la chica se alejó. Comenzó a perseguirla, como un acosador. Ella giraba para verlo pisándole los talones, sonriendo con sensualidad y tentándolo a seguir con la persecución.
La chica abrió un ventanal y salió al aire frió de la noche. El patio de la casa estaba totalmente cubierto de luces navideñas fuera de época pero que le daban un aspecto cálido. Bastián salió tras ella, y vio también como todo estaba desierto, como un milagro, solo con la chica dándole la espalda a tan solo metros. Él se acercó, cauteloso, finalmente, a solo unos centímetros de ella, habló:
—Eres hermosa.
La chica se rió, y se dio vuelta. Su rostro iluminando el patio aún más que todas las luces.
—Te vi… y solo eso me bastó para enamorarme de ti —dijo ella.
Él no se rió. ¡Era una locura!
—¿De qué hablas? —preguntó Bastián.
—Te amo —dijo ella como respuesta. A continuación, buscó en el bolsillo de sus vaqueros y sacó un anillo de oro. Lo tendió hacia él—. Sé mi esposo, por favor. Porque es lo único que quiero en la vida.
Una lágrima solitaria cayó por su delicada mejilla y él se acercó, tomando su mano, la que sostenía el anillo.
—No puedes sentirte así desde los doce años, Vanesa. Tardaste dos de los cinco que estamos juntos para decir que me amabas.
—¿Eso es un no? —preguntó ella, casi en una congoja. Bastián sacó su cajita de terciopelo. Nunca dudó sobre proponérselo, solo el miedo lo carcomía; a que ella lo rechace.
—Ésta —dijo, abriendo la tapa roja y mostrando el pequeño anillo— es mi respuesta.
Vanesa lloró más fuerte y saltó sobre Bastián, casi tirando todo a su paso. Él dio una vuelta para mantener el equilibrio de su repentino saltó y vio cómo, dentro de la casa, la rubia que le había susurrado a Vanesa los miraba con sus grandes ojos y sonreía. Tenía que darle las gracias a su hermana.
—No quiero que discutamos más, amor —comenzó ella—. Te amo. Te amo. Te amo. Y lo hago desde que te vi a los doce. Te amé con locura a los quince. Te deseé a los dieciocho. Te di mi cuerpo y alma a los veinte, y quiero casarme contigo ahora.
Él acarició su cabello, había crecido bastante y la adoraba con cualquier cosa que se hiciera o pusiera.
—No recuerdo un momento importante en mi vida donde tú no estés, y quiero que siga así en lo que me queda por vivir —dijo Bastián.
La besó, como la primera vez, como si no hubiese mañana, y como pretendía hacerlo siempre.
—Te amo —volvió a decir ella—. Tú me amas, ¿cierto?
—Con toda mi alma, eres mi mejor amiga, mi todo.


  
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V. J. Bernal 

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Soy aficionada al café y escribo. Nací en algún momento de los 90' y actualmente estudio Letras. Cuando no estoy soñando despierta, lo hago dormida.
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