Cien historias, Cien extraños

Presidiaria

¿Acaso este mundo es mi prisión y la vida mi condena?
De carcelero a quien amo, por su culpa permanezco.
Mi religión son tus besos, esos que nunca me diste.
Las risas de antaño compartidas con mi sangre ocupan  el lugar de idioma que nadie comprende y disfruto utilizar.
Fino velo.
Lúgubre visión.
Barrotes de pensamientos.
Un alma sin color.
Hay un brillo y son tus ojos,  amor, ni siquiera soy yo.

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