Cien historias, Cien extraños

Llovía

Era una noche lluviosa y la serenidad de las calles acrecentaba de alguna manera esa sensación de inseguridad que nos provoca caminar solos. Martín envolvió con la campera de su padre su pequeño cuerpo mientras avanzaba a paso rápido y torpe sobre la resbaladiza vereda. Con terror daba vuelta la cabeza cada dos por tres, esperando, casi morbosamente, que lo estuvieran persiguiendo. El miedo, transformado en escalofríos, recorría su diminuta espalda y le provocaba gemir a causa del llanto contenido.
Los recuerdos se atropellaban en su mente, en vano sacudía su cabeza y los mechones largos y descuidados golpeaban mojados sus sienes. Los gritos de sus padres. El odio que escupían esas palabras. El asco con el que siempre la miraba antes de golpearla. Era predecible e inevitable.
Su hermanita lloraba, y eso sólo empeoraba la situación. La bebé no comprendía el daño que causaba. Martín quería callarla. Le gritaba que deje de llorar. Incluso le pedía por favor que pare de hacerlo. Su madre, sangrando y en el piso, lo miraba sonriente y le decía:
—Hijo, mi amor. —Respiraba y continuaba—. Sacala de acá. Llevate a tu hermana. Vayan a la casa de la abuela.
Martín negaba con la cabeza. Él se quería quedar a curar las heridas de mamá como lo hacía siempre. La culpa era de esa bebé que no paraba de gritar. ¡Qué se vaya sola hasta la casa de la abuela!
—¡¿Qué mirás?! —le gritaba su padre, e instantáneamente cerraba los ojos con todas sus fuerzas, esperando algún golpe en su cabeza que lo mandaba a volar lejos—. ¡Levantate del suelo, estúpida, te dije que esta es mi casa y yo te digo cuándo vas a salir a hablar con los vecinos!
—Tenía que comprarle leche a la bebé —replicaba su madre, levantándose del suelo, dejando marcada su mano de sangre en el piso de cemento.
Un golpe y luego un grito.
Antes de que ella pudiera ponerse en pie del todo, él pateó su estómago y cayó. El estruendo de su cuerpo contra el piso y su garganta en pena volvió a provocar más llanto incontrolable de la bebé. El pecho de Martín se oprimió. Su padre continuaba gritando y rompiendo cosas de la casa.
Todo era culpa de esa inútil bebé.
En su caminata, uno de sus pies resbaló y eso provocó su instantánea vuelta a la realidad. Estaba casi llegando a la esquina, y pudo distinguir una parada de colectivos. A veces viajaba con su mamá, a escondidas, para visitar a una amiga que vivía cerca de un río. Se acordó de los paseos que daban, de los mates con bizcochitos y galletitas de limón, de toda el agua sucia y fascinante. En esos momentos su hermanita no lloraba y mamá era feliz…
Corrió cuando vio al colectivo llegar y a dos mujeres cerrando sus paraguas para subir. Mojado y escondiendo todo menos sus piecitos y cara, preguntó:
—Señor, ¿va hasta el río?
El chófer y las dos mujeres miraron al cuerpo diminuto.
—¿Y tu mamá? —preguntó una de las señoras—. ¿Estás perdido, chiquito?
Él dudó, con miedo, la cabeza le dolía y ahora podía sentir las lágrimas débiles asomarse a sus ojitos.
—Tengo que ir al río —respondió reacio.
—Pasá, nene —dijo el chófer, indiferente luego de tal contestación. Había visto chicos en peores condiciones.
Ahí se dio cuenta que hacía rato había arrancado el colectivo. Caminó tambaleante mirando todo y nada, y terminó por elegir un asiento solo, bien atrás, donde saltás constantemente. Apoyó su cabeza contra la ventanilla y dejó de ver el mundo que lo rodeaba. Algunas luces se colaban en el colectivo y le daba la sensación de estar viajando al espacio.
Cerró los ojos y volvió a recordar.
Se movió sin hacer ruido hasta la habitación de sus padres. Él sabía cómo poner fin a todo esto. Arrastró una silla hasta el placard, se subió y puso de puntitas. Estiró todo lo que pudo su brazo y pasó varias cajas hasta encontrar la que buscaba. Era más pesada que el resto, con algunos relieves al costado y un candadito que no trababa. Pensó por un momento que se le iba a caer, pero al final pudo llegar al suelo con la caja sana y salva. Se sentó en la cama, los ruidos de afuera eran descontrolados y el llanto de la bebé iba a en aumento.
El arma, reluciente y gigante en su mano, hizo que Martín sienta un poder inmenso. Su papá la usaba para amenazar a su mamá. Siempre estaba cargada, eso decía su abuela. Tuvo que hacer un esfuerzo por recordar qué era lo que hacía su padre para poner a todos a gritar histéricamente y rogar por favor que no haga nada.
Clic.
Tiró el martillo hacía atrás.
Se asustó y la mantuvo lejos de él. Respiró hondo. El corazón le latía rápido. El cuerpo le temblaba. Por un momento prefirió las bolsas que su mamá le hacía cargar del almacén, eran menos pesadas. Salió de la habitación con el arma en alto. Sus padres no lo veían, la bebé pegaba gritos horribles.
—Pibe, ¡hey, pibe! —El llamado del chófer hizo que se sobresaltara. Lo miraba por un espejo grande que había casi llegando al techo—. Llegamos al río. Bajate.
Salió rápido del colectivo, y aunque continuaba lloviendo, el viento ahí era más fuerte. Un avión enorme, no como los que veía en el patio de su casa, pasó por encima de su cabeza y Martín se arrodilló en el piso asustado. Apretó fuerte sus ojitos; él no iba a llorar.
Tomó fuerzas y se levantó con dificultad, mantenía apretada esa campera larga de su padre, con sus bracitos sosteniendo un secreto. El señor había dicho que llegaron al río, pero ahí no había ninguno. Comenzó a caminar, al menos estaba lejos de casa.
Caminó bastante, y vio muchas ratas correr despavoridas de un tacho de basura a otro. Pero llegó un momento donde un ruido familiar hizo que su corazón casi salte de su pecho. El sonido del agua. Revuelta, fuerte y mugrienta.
Un paredoncito lo separaba del tan ansiado río. Estaba mojado y el movimiento del agua lo salpicaba más que la lluvia.
Martín apoyó el arma sobre el paredoncito. Después de varios intentos también subió arriba, agarró el arma entre sus manos y se paró derecho. Recordó el procedimiento que había realizado en su casa: martillo para atrás y luego el gatillo, así salía la bala.
Eso lo llevó de nuevo al pasado, a un par de horas en el tiempo.
En ese momento todo era un caos. Él estaba aturdido, pero decidido. Apuntó el arma, sosteniéndola con sus dos manitos, temblando de la cabeza a los pies, sus mechones largos y secos se movían de acá para allá.
Apretó el gatillo.
Un silencio sepulcral cubrió su casa, seguido del grito desgarrador de su mamá. Martín la miró, sorprendido. ¿Es que no entendía ella que por fin se había terminado todo? Su padre cayó al piso de rodillas y comenzó a llorar, arrastrándose hacía el pequeño cuerpito cubierto de sangre. Ya no habría más peleas por culpa del llanto de esa bebé.
Dejó caer el arma al suelo y se acerco a su madre.
—Mami…
Ella lo escuchó y giró velozmente la cabeza hacía él, endemoniada se abalanzó sobre su hijo y lo tiró al suelo, gritando, diciendo que lo odiaba. Su papá, consternado e infeliz, tiró de uno de los brazos lleno de moretones de su mujer y la abrazó, dejando que ella se desahogara en su pecho, mientras él continuaba llorando como nunca nadie lo había visto.
Martín se levantó, con su corazón roto y lleno de rabia. Volvió a tomar el arma y la envolvió en la enorme campera de su padre que estaba en una silla. Abrió la puerta y vio que llovía…
Alguien gritó a lo lejos, se habían dado cuenta que estaba al borde del paredoncito. Puso el arma sobre su cabecita, martilló, lloró y gatilló.

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V.J. Bernal
Soy aficionada al café y escribo. Nací en algún momento de los 90' y actualmente estudio Letras. Cuando no estoy soñando despierta, lo hago dormida.
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