Mírame - Capítulo 3

Capítulo 3

Lo que mucha gente no sabe, o se niega rotundamente a ver, es que para salir a flote hay que hundirse primero. Y hundirse con mucha fuerza. Es por eso que debemos tocar fondo en la vida, quemarnos hasta los huesos como el ave Fénix y que de las cenizas sólo renazca lo mejor de nosotros. Va a ser siempre así. Y sucederá más veces de las que queramos. Pero no tenemos que tenerle miedo al fuego, nada arde eternamente.
—Cuaderno de notas de Kiki

Habíamos ido al peor lugar. No estuvimos ni media hora que Eli divisó entre la gente a Martín bailoteando con un chico (que no parecía para nada gay, y eso lo molestó mucho). Intentamos ir a otros, pero el ánimo de mi amigo ya estaba por debajo del suelo, y era imposible levantarlo.
—¿Qué tiene ese horrible espécimen que yo no tenga? —se lamentaba él.
—¿Masculinidad? —aventuró Mar.
—Mar, el chico lo dejó por… ¿cómo te dijo?  —pregunté.
—Cliché de gay, imbécil mal nacido. ¡Bastardo de Hitler!
—Exacto —dije, conteniendo la risa, e intentando volver al tema—, y tú le dices eso. Eres una horrenda amiga.
—Soy una amiga honesta, Anita. Esa es la diferencia. Y no puedo mentir. Tiene un mechón de cabello teñido de rosa chicle. —Mar miró por el espejo retrovisor de su auto y levantó las manos del volante durante unos segundos para señalarlo.
—Voy a estrellar tu preciado auto la próxima vez —susurró Eli desde atrás.
—Ella tiene un punto —dije con suavidad.
—Mi querida, no puedes ser siempre la mediadora —me dijo él.
—Puedo intentarlo. Lo que quiero decir es que puede que seas algo así como él dijo. —Mi amigo frunció la cara como si hubiera chupado limón—. Pero… eso no está mal. No es una excusa para dejarte. No es una excusa en absoluto. No vale la pena. Ya pasó mucho tiempo, Eli, debes pasar página.
—¿Y si nunca puedo? —lloró él—. ¿Y si me sucede como a Thian con Mar y sólo lo amo a Martín?
El auto frenó de golpe haciendo chirriar las ruedas.
—¡Mar! —la reté.
—¡Qué comparación más estúpida, Elijah! —gritó ella, arrancando de nuevo.
Él, acomodándose y mirándola fijamente, dijo:
—¿Todavía sientes algo por el chico?
—Por supuesto que no.
—Tu reacción no dice lo mismo. ¿Están mal con Tony?
—Ya quisieras. No voy a hacerte compañía en tu club de los corazones rotos.
No me gustaba aquello. Nada se ganaba con discutir. ¿Dónde estaban las risas, la alegría? ¿Podrían no darse cuenta que se lastimaban?
—Chicos… —comencé.
—No la estoy atacando —se defendió Eli, levantando las manos en señal de rendimiento—. Sólo quiero saber.
Mar suspiró. El auto fue deteniéndose en la acera y antes de bajar ella dijo:
—Lo quiero con todo mi corazón, Eli, jamás me sentí así.
—¿Y entonces? —preguntó él.
—Estoy en segundo lugar —dijo, y cabeceó hacia la casa de Milo, donde tanto él como Tony se encontraban.
Ni Eli ni yo dijimos nada y caminamos hacia la puerta. El que nos abrió fue Kevin, haciendo como si lo sucedido hacia un par de horas jamás hubiese pasado. Tenía en la boca una porción de pizza y una cerveza en la mano, era más rubio que su hermano y tenía una cara digna de un príncipe, lo que atraía a demasiadas chicas no tan decentes para mi gusto.
Él gruño, todavía con el pedazo de comida en la boca, abrió la puerta y se adentró en la casa. Milo y Tony estaban en el living, este último esperando a su contrincante de video juegos mientras charlaba con Milo, quien hacía cosas en un cuaderno. Algo que nadie sabía, ni siquiera Lia, era que aquel chico tenía una carrera, aunque se graduó a duras penas luego de lo sucedido con su hermana y novia.
—Otra vez —dijo Eli—. ¿Qué eres?
—Ingeniero químico —contestó Milo, enfurruñado, luego levantó la cabeza, me miró y sonrió antes de seguir con sus cosas.
—¡Mar! —dijo Tony, sin prestarle atención a las quejas de Kevin sobre el juego—. ¿Ya volvieron?
—Te mandé un mensaje —dijo ella.
—Oh… —Tony sacó su celular y comprobó si así había sido—. No lo escuché, lo siento. Ven.
Ella fue y sentó a su lado mientras reanudaban el juego. Kevin comenzó a gritar barbaridades porque perdía.
—¿Tomamos algo, chicos? —nos preguntó Milo a los que quedamos—. Creo que voy a dejar esto por hoy.
Ambos asentimos y nos dirigimos a la cocina. Yo tenía la leve sensación de saber qué era lo que venía a continuación. Eli se hizo medio cargo de la situación y comenzó a rebuscar cosas para hacerse algo más “llamativo” en nombre y gusto; sacó una licuadora, inclusive. Milo y yo nos conformamos con un vaso de agua. Había tachado de mi lista el alcohol luego de mi borrachera de cumpleaños.
—¿Cuándo me ibas a contar sobre Brian?
Lo sabía, sabía que preguntaría algo sobre eso.
—Sabes todo lo que tienes que saber —dije. Nunca había dejado de comportarse como un hermano respecto a mí. Y yo le di pie a ello, fui a visitarlo cuantas veces pude mientras estaba internado.
—¿Y por qué Perri casi gana dinero en una apuesta sobre ustedes?
—Ah. Porque él y Eli son dos tontos.
—Te gusta. Evades el tema, con eso me respondes.
—No… Yo… Ay, mira, bien, sí, puede que me guste, ¿pero qué? Es sólo porque pasé mucho tiempo con él y me ayudó mucho, es una confusión de mi joven mente.
—Espero que no te repitas eso en el espejo hasta creértelo, Anita —dijo Milo en chiste, algo que todavía me tomaba por sorpresa—. Pero, ahora, hablando en serio, no sé si es buen chico. Quiero decir, no hablan muy bien de él.
—¿Y tú cómo…? —Eli se inclinó un poco más sobre lo que fuese que estaba haciendo, y lo comprendí—. ¡Eli, pensé que tú no tenías problemas con él!
—Yo no fui —se defendió.
—Fui yo —dijo Kevin desde la puerta—. Me sentía una persona muy entrometida entre esos dos —se explicó, señalando al living.
—Tú mucho menos deberías meterte en mis asuntos —dije, señalándolo con un dedo.
—Sólo queremos que estés bien. Nos preocupamos por ti —dijo Milo.
—Brian es un buen chico. —Los dos Lekker me dieron una mirada significativa. Me iba a odiar mañana por lo que iba a decir—. Nadie sabe lo que pasó entre él, Amelia y Diana, así que por favor, no lo juzguen, hizo mucho por mí, más que cualquiera de ustedes.
Los dos hicieron una mueca ante el nombre de las dos mujeres que los habían dejado hechos pedacitos. Su pelea con ellas pasó mucho antes, no tenía nada que ver con todo lo otro, pero el resto no pensaba lo mismo.
—No es por eso, boba —dijo Kevin, adoptando una postura de indiferencia—. ¿Te olvidas que te quiso hacer beber vodka en una fiesta siendo tú una menor?
No, no lo hacía.
—Sólo me preguntó si lo había probado, tú exageraste todo el resto.
—Tony no dice lo mismo —dijo Milo—. Él como que lo amenazó, ¿cierto?
—Tampoco estaba muy sobrio —dije, defendiendo a Brian sin ningún sentido. Milo suspiró y dijo:
—Bueno, pero promete que cualquier cosa nos vas a decir, ¿sí?
—Sí —susurré.
El tema de Brian murió por esa noche, Eli había comenzado a llorar de nuevo y los chicos intentaban en vano reanimarlo. Milo era muy malo para hacer chistes y no siempre seguía la conversación cuando alguien hablaba irónicamente, pero Kevin, al contrario, le pudo sacar una sonrisa con sus estupideces, hasta que se metió conmigo.
Mar y Tony estaban en lo que parecía una discusión y yo dije:
—No me gusta que discutan…
—A ti no te gusta que nadie discuta —dijo Kevin.
—Porque ella es buena —dijo afectuosamente Milo.
—Puf. Yo no lo creo. Todas son igual de malditas, sólo falta que lo demuestre.
Lo miré a los ojos, ya no me sorprendía que me ataque sin motivo, pero no podía dejar de molestarme.
—No sabes de lo que hablas —fue lo único que dije.
—Y tú no sabes nada de nada.
—Pareces de cinco años, Kevin, basta.
—Vamos, Ana, no te creo que jamás discutas con nadie. Debes de tener al lobo feroz escondido dentro de ti. ¿Muerde?
—Basta, idiota, no la provoques —le advirtió Milo, pero su hermano, habiendo tomado de lo que preparo Eli, tenía un valor que de otra manera no hubiese tenido.
—¿No sientes furia por no poder volver a bailar nunca más? Tu querida amiga se fue y te dejó, ¿no te molesta? No le importó tu recuperación. Es más, hay muchas posibilidades de que no sólo haya estado con Pedro, sino también con Luca, ¿no era tu noviecito?  Vamos, Ana, quiero verte enojada.
Mar y Tony habían entrado a la cocina luego de la advertencia de Milo, y lo miraban asombrados. Él no se daba cuenta, pero sus palabras nos habían lastimado a todos. Estaba completamente roto, de sus ojos salía y se veía una furia casi palpable, en gran parte daba miedo, pero por otro lado…
—Me das mucha lástima —dije, intentando aparentar toda la calma que en realidad no tenía—. Milo, debes saber que tu hermano es un alcohólico…
—¡Ana!
—Lo siento, Eli, pero no puedo mantener una promesa cuando él está así. —Y lo señalé. Milo miró desde mí hacia su hermano que se reía.
—¡Ay, por favor! Sólo tomé un poco de lo que preparó Elijah… —Su voz tembló, ya no era tan valiente.
—¿Es verdad? —me preguntó Milo, incrédulo. Asentí.
—Lo lamento, pero necesita ayuda —dije.
—¡No necesito nada! —me gritó Kevin, y fue callado por una llorosa Mar que dijo:
—¡Ahora ve, Antonio, y déjame para salvar a otro de los Lekker! —Y empujó con todas sus fuerzas al Gigante Tony. Él se apresuró a ella, mientras Kevin la miraba perplejo—. ¡No me toques, maldición!
Y se fue haciendo ruiditos con sus tacos y no escuchando mis llamados. Milo y Tony discutían con Kevin y yo quería irme a mi casa a llorar tranquila, odiaba las peleas.
—No intentes ni seguirla ni llamarla —me dijo Eli, tomando su bebida desde la mesada de la cocina—. Ella no funciona así.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —inquirí.
—Es que he visto cosas más graves, Ana.
Y yo también, pensé.

***

Estaba en mi cama, tirada y sin muchas ganas de nada. Con Lorelei, mi amiga, habíamos tomado las clases de las mañana en la Universidad. La verdad era que me había anotado al profesorado de Biología por mi padre, que era profesor de lo mismo, y por ella, que le gustaba. No quería estudiar nada, lo que yo deseaba ser se había muerto el día del choque.
Los días que siguieron a aquella noche donde Tony se peleó con Mar y yo confesé el problema de Kevin, se me habían pasado volando. Poco hablé con todos ellos, y era extraño que fuera yo quien los esquivara. Recordaba los días donde seguía al grupo de Lia y Elijah en el Instituto, deseando y soñando con ser amiga de ellos, y ahora, que lo era, y tenía aún más, deseaba volver a mi soledad. Todas esas peleas y reproches, toda esa maldad adrede, era algo que no podía soportar.
La contestación de Bárbara en mi computadora hizo que me levante. La pobre estaba trabajando en un restaurante, tocando el piano para entretener por un sueldo miserable. Pero al menos hacía lo que le gustaba.
Barbie: Hoy no puedo salir, Ana, lo lamento, hay una fiesta en el restaurante y debo quedarme hasta más tarde.
Ana: Está bien, no te preocupes. Intenta no dormirte :P
Barbie: Lo haré de todas formas jajaja. Contéstale el teléfono a Eli, por favor, está volviendo locos a todos, le haces falta.
Estaba por contestarle que tal vez un día más no le haría mal cuando ella volvió a escribirme.
Barbie: ¡POR DIOS! ¡Acaba de subir otro más! No entiendo cómo le da la cara luego de lo que nos hizo.
Y adjuntaba un enlace a YouTube. No tuve que pensar dos veces para abrirlo ni para saber de quién se trataba. El video comenzó, esta vez Amelia estaba parada frente a un micrófono, vestida de lo más normal, y una gran cantidad de músicos, de todas las edades, posicionados perfectamente alrededor de ella. Una niña, de unos diez u once años, comenzó la canción con su guitarra eléctrica.
Todo parece estar
Queriendo cerrar una herida
Lejos de abandonar
Cerca de una despedida
No quiero más
Verte pasar
Sólo me quiero sentar a esperar
Tanto éste como el anterior tenían una cantidad de visitas impresionante y en los comentarios (que me puse a leer) muchos chicos del Instituto hacían su descargo hacia ella, mientras gente desconocida le ponía cosas halagadoras, también le escribían en otro idioma, pero más allá del inglés no pude entender nada.
Pasó un rato y yo seguía repitiendo la canción que ella había subido a Internet, tanto porque no tenía nada que hacer y porque no quería salir de mi cuarto y ver a mis padres ni a nadie.
Sólo me quiero sentar a esperar y rogar
Que saltés al vacío y que no vuelvas nunca
Y que toda tu vida te mate la culpa de haberme robado una parte del alma
Y es lo que a vos te hace falta
Alejarte de acá
Pero sonó mi teléfono, pensé que iba a ser Eli, para contarme del video, y decidí dejar de hacerme la indiferente y contestar, así que lo hice sin mirar a la pantalla y me sorprendió escuchar otra voz.
—¿Sabes lo fácil que es googlear su nombre y ver el video que no quisiste mostrarme? Acaba de publicar otro.
—Milo…
—Quiero odiarla, Ana, pero no puedo. ¿Por qué no desaparece totalmente del mundo?
—No lo sé…
En ese momento, la puerta de mi habitación se abrió y Lila, con mi madre detrás de ella, apareció en el umbral. Estaba temblando y con el maquillaje corrido. Mi madre me miró preocupada. Lila comenzó a llorar y antes de acercarme a consolarla dije:
—Creo que algo malo le sucedió a tu prima. Debes venir.

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