Mírame - Capítulo 6

Capítulo 6

Me he cruzado con mucha gente en mi vida. Diversas nacionalidades, ideologías, religión y edades. Pero no hay distinción entre aquellos que viven su vida engañando a otros. Arman mentiras tales que su mundo es de cristal, pendiendo de hilos altamente finos. Listo para derrumbarse ante la más pequeña complicación. Sin embargo, es triste admitir que ésta clase de personas sufren más que los “engañados”. Pues llegará un momento en que sus mentiras traspasen la realidad y hasta ellos mismas comiencen a creerse sus propios engaños. Quienes de forma honesta vemos la vida tal cual es, aceptamos sumisos su cuota de pena. Todo es posible en ese mundo lleno de inventos. La maldad más inmensa puede ser defendida con persuasivos argumentos sin fundamentos. Pero ni bien entre un rayo de realidad, se le debe tanto a la pena, que es más grande de lo que pueden soportar.
—Cuaderno de notas de Kiki

Los lunes eran días de cursada. Pero insistí en quedarme por mi cumpleaños. Y no sólo eso, no siempre veía a mis abuelos. El día anterior había llegado tan cansada que pude solamente caer rendida sobre el colchón en la sala de estar ya que Donovan y Terry se iban a quedar en mi habitación. Mi casa era pequeña, pero intentábamos hacer espacio para todos. Con mamá nos pasamos toda la mañana y la tarde de mi cumpleaños ordenando y preparando la comida. Mis abuelos quisieron ayudar sólo para que a los cinco minutos prefieran ir a pasear un rato.
Mientras mamá observaba las cinco únicas sillas que llenaban la mesa en la sala de estar, que era el único lugar con suficiente espacio para que comamos todos, le mandé un mensaje a Lila. Quería saber cómo se encontraba, lo que le había pasado era preocupante y sabiendo cuál sería la respuesta si le preguntaba a Milo, preferí ir directo a la fuente. Me respondió casi de inmediato deseándome un feliz cumpleaños, todos mis amigos ya lo habían hecho, incluso Luca por Facebook, la única persona que pareció olvidar por completo la fecha fue Kevin. No voy a mentir, mi corazón se rompía cada vez más al ver pasar las horas y que su saludo todavía no llegase. Sacudí mi cabeza, como si el acto físico actuara sobre lo psíquico. El resto del mensaje de Lila aseguraba que estaba en perfectas condiciones, se disculpaba por haber armado tanto alboroto y, francamente, no le creí nada de lo que me decía.
El timbre sonó y como mi madre ya se había ido para la cocina, fui yo a abrirla. Seguramente eran los abuelos con papá.
—¡Ana Banana, feliz cumpleaños!
Y un gran oso de peluche con un corazón me saludó con la voz de Brian y, sí, mis dos abuelos detrás, con cara de querer matar al muchacho que le traía ese regalo a su única nieta. Mi madre salió de la cocina y fue testigo de la situación, al igual que mi padre bajando del auto. Nadie sabía muy bien cómo actuar. Hasta que al final fue mi papá quien lo invitó a pasar.
—¿Invitaste también a Milo, hija? —preguntó mamá con saña.
—Oh, tu amigo del que tanto hablas, Ana, queremos conocerlo —dijo el abuelo Donovan. Terry miraba de reojo a Brian, que claramente odiaba la situación.
—Él es Brian —dije, presentándolo.
—Ah. —Fue la simple contestación de todos.
—Estuve ayudando a Ana con la recuperación de su pierna —dijo él.
—De ti no nos habló —sentenció el abuelo Donovan.
El ambiente era bastante tenso. No podía creer que Brian se animara a venir, le había dejado en claro que era una cena familiar. En algún punto, mi madre tenía razón, si hubiese invitado a alguien sería a Milo, o a Eli y Mar. No él, no el chico con el que me estuve besuqueando a hurtadillas hace tan sólo un par de noches.
—Hija, ¿va a venir alguien más? —preguntó, ahora más gentil, mamá.
—No, mami, es…
—Discúlpenme, aparecí de improvisto. Quería sorprender a Ana.
Miré a Brian, agradeciendo que haya explicado la situación.
—Ya estás aquí —dijo papá—, quédate a comer con nosotros. —Miró al oso—. Si la cumpleañera quiere, claro.
Asentí con una sonrisa forzada mientras tomaba el teléfono para mandarle un mensaje a Eli, iba a tener que pasar por mí más temprano a sacarme de este lío.
***
Comimos, me cantaron el feliz cumpleaños, contaron anécdotas de cuando era bebé y todo ese tiempo me la pasé con una bola de fuego en mi estómago. No dejaba de consultar la hora en mi teléfono. Eli llegaría a las once y media. Los chicos sabían que la cena era familiar y que en mi casa no había espacio, así que me esperaban en lo de Milo para hacer un breve festejo. Era lunes, si quería celebrar de verdad, tendría que esperar hasta el fin de semana. Brian y su carisma pronto lograron que mi familia se olvide la situación en la cual llegó. Pero yo no podía.
El abuelo Terry captó mi mirada.
—¡Uff, qué tarde se nos hizo! Esta niña mañana debe ir a estudiar y tú a trabajar, MacLean.
Mamá estaba por reprocharle cuando la interrumpí:
—El abuelo tiene razón, papá, y te ves cansado. Además, hay que llevarlos a su casa.
Los cuatro integrantes de mi familia compartieron miradas y rápidamente tomaron sus posturas en el juego que se disponía a echar a Brian de mi casa. El abuelo Donovan comenzó a quejarse de su espalda, papá bostezaba de manera exagerada y mamá hablaba tan rápido que Terry debía contener su risa. Pronto la situación me dejó a solas en el umbral despidiendo al chico.
—Tus abuelos son algo raros —dijo Brian riendo un poco.
—Ellos son abuelos comunes y corrientes —respondí a la defensiva.
—No fue con mala intención, lo lamento. ¿Estás bien?
—No. Tú… no deberías haberte aparecido de esa manera.
Su rostro se entristeció.
—Pensé que te gustaría, Ana Banana.
—¡No me preguntaste! ¿Cómo ibas a saber lo que me gusta? No me conoces lo suficiente.
Mi pecho subía y bajaba. Brian me gustaba, mucho, pero no podía soportar la situación. Me parecía una falta de respeto.
—Hey, no digas eso.
Se acercó y me tomó por la cintura, su rostro cerca del mío. Pero simplemente no lo quería cerca. Corrí la cara y lo empujé sin fuerzas con el brazo.
—Por favor, vete.
El chico observó mi mano en su pecho, alejándolo, y luego con detenimiento miró mi rostro. Asintió, rindiéndose y retrocediendo un par de pasos. Se rió y sacudió la cabeza murmurando:
—No puedo creer lo idiota que soy…
Y desapareció por la calle. Lo vi irse, una pequeña parte de mí quería ir tras él. Sin embargo, reprimí el sentimiento con bastante facilidad. Suspiré y entré.
Sabía que mi familia iba a preguntarme todo sobre esto. Ellos estaban al tanto de la “pequeña fiesta” que se realizaba en lo de Milo y que en pocos minutos Eli pasaría por mí. Les expliqué un poco la situación, obviando detalles como el beso, al final, comprendieron que no fue culpa de nadie, sino un malentendido. Los abuelos opinaban que mi belleza tenía la capacidad de hechizar hombres y que por eso el pobre estaba tan enamorado de mí. Quise hacerlos entrar en razón, pero simplemente no puedes llevarle la contra a dos hombres que aman con locura a su única nieta. Mamá me aconsejó que me cuide, le costaba olvidarse del incidente en la fiesta de los Lekker. Pero Brian no era alguien a quien temer. Al final, los cuatro terminaron tomando café y un té para el abuelo Donovan, charlando sobre la situación y sobre mí, claro, mientras me cambiaba en mi cuarto y esperaba a mi amigo.
El teléfono sonó mientras me maquillaba un poco. Recordé las veces que veía a Lia y a las chicas prepararse en los baños, todas ellas hermosas a su manera y yo tan simplona, sin una gota de pintura en mi cara. Parecía como si décadas me separasen de ese tiempo. No me era posible recordar cuándo muté tanto. Leí el mensaje, Eli me avisaba que en diez minutos estaría en la puerta. Pero antes de que pueda responder, una llamada entrante hizo que el mensaje se pierda.
—¿Mar? —contesté.
—Ana, es urgente, sal a la puerta de tu casa. —Y cortó.
Como ya estaba lista, tomé mis cosas y me despedí de mi familia, esperaría afuera con mi amiga.
Cuando abrí la puerta, el auto rojo de Mar se estacionaba frente a mi casa. Ella, tan deslumbrante como siempre bajó con sus tacos haciendo ruidito en la acera. Sus rulos dorados le tapaban la cara. Llegó hasta la puerta y pude ver sus ojos rojos del llanto. Ni bien estuvo cerca, me abrazó con todas sus fuerzas.
—¿Qué sucede? ¿Estás bien? ¡Mar, responde!
—Está todo bien, lo prometo.
Me tomó por los hombros, rompiendo el abrazo y sonrió. Era hermosa, aún con los ojos hinchados y sus facciones tristes, Marlene era de esas chicas con luz propia. Continuó hablando:
—Vengo a despedirme, Ana, no podía irme sin ver a mi amiga. ¡Y hoy cumples dieciocho!
—¿Te vas? ¿A dónde? —De repente tenía ganas de llorar como ella. Y se dio cuenta.
—No, no, no. No llores, linda, no es nada grave. Y hoy debería ser un día feliz para ti. ¡Qué tonta soy! No quiero arruinar nada, por favor, Ana, no llores.
—Tú no hablas así, no eres así. ¿Qué sucede?
—Las despedidas siempre me ponen muy sentimental. Conseguí trabajo en España, una profesora del instituto de Francia, en el que estuve, supo que necesitaba algo y bueno, me recomendó.
—Eso es… es genial. Me alegro por ti…
—Pero no hagas puchero, Ana —dijo riendo—. Tú siempre me sacas una sonrisa.
—Mar… ¿Esto no tiene nada que ver con tu pelea con Tony, no?
—No. Lo mío con Tony simplemente no funciona y lo sé desde hace tiempo. Pero hago esto por mí.
—Ustedes se aman, no puede terminar así. Ustedes no son Milo y Amelia. —No. No podían.
—A veces eso no es suficiente. Ana, el amor duele, pero siempre sana. No hay nada más resistente que el corazón del ser humano. Como una vieja amiga solía decir: nada arde eternamente. Ten eso siempre en cuenta.
No logré contenerme, mis intentos fueron en vano. Comencé a llorar.
—¿Cuándo vas a volver? —pregunté.
—No lo sé. Pero no será pronto. Ana. Ana, escúchame. —Volvió a tomarme por los hombros y limpió mis lágrimas—. Nadie más que tú sabe que me voy. Ya sé lo que estás pensando. Pero se lo diré a Eli a mi manera, Tony no es nada mío, terminamos, no le debo explicaciones. —Intenté quejarme, pero Mar me abrazó sin dejarme hablar—. Voy a extrañarte.
—Yo también.
Y eso fue lo último que le dije. Marlene se fue. Y tuve que sentarme para poder tranquilizarme y dejar de llorar. Una rabia desconocida se apoderó de mí, duró un instante, pero fue suficiente para hacerme entender lo sola que me sentía. Me enojé con Mar, ella también me dejaba, como Amelia. Se ganaban mi cariño y lo tiraban por el suelo. Sabía que era un sentimiento egoísta, pero lo dejé fluir. Era nimio. También era consciente de que Mar tenía sus propios demonios, como todo el mundo, y que si ella creía que esa decisión era la mejor, debía acompañar a mi amiga. Teníamos la tecnología de nuestro lado para no cortar nuestra amistad.
Eli llegó cinco minutos después de que Mar se fuera. Para ese momento había intentado arreglar mi cara y el resultado fue dejarme casi sin maquillaje. Subí al auto más tranquila, y mi amigo me saludó con tanto cariño que no pude resistir sonreír pese a la repentina e inesperada marcha de Marlene. Eli me pregunto sobre mis “maravillosos” abuelos y le conté todo lo que había sucedido. Lo cual me sirvió de distracción.
—¿Que el idiota hizo qué?
—No le digas idiota, Eli.
—Pero lo es. Por Britney, ¿cómo se le ocurre?
—Pensé que en esos casos decías Madonna.
—Dios y Jesús, Ana, deberías saberlo. —Ya estábamos llegando a lo de Milo—. Oh, los chicos se pondrán furiosos.
—Estoy comenzando a pensar que tal vez exageré…
—Si me preguntas, actuó como un idiota, y eso no está bien.
Elijah estacionó el auto, y en ese momento me di cuenta que no sabía de quién era, él solía usar el de Mar. Bajamos y lo miré intentando reconocerlo, pero se escapaba de mi mente.
—¿De quién es el auto? —pregunté, llegando a la puerta.
—De Lila.
—¡Feliz cumpleaños! —Bárbara y Samanta me recibieron. Me llenaron de abrazos y besos mientras Milo esperaba paciente en el fondo que las dos intrusas que abrieron la puerta de su casa lo dejen saludarme.
—Gracias —respondí, apretada entre sus brazos y el poco espacio del pasillo de entrada.
—Feliz cumpleaños, Ana —dijo Milo, desistiendo a un saludo más personal. Le sonreí de lejos.
Terminé entrando con mis amigas de escolta. En la sala estaban Paul, Tony y Perri. Los tres me saludaron.
—Bella niña, ya eres mayor de edad. —No es difícil suponer que esa frase fue de Perri. Me reí.
—¿Cómo pasaste la cena familiar, Ana? —preguntó amablemente Paul. Tony estaba ensimismado.
—Oh, esa es una excelente pregunta que yo contestaré —dijo Elijah con aire satisfecho y comenzó a contar la historia mientras de la cocina venían Lila y Lorelei—. Llegan justo a tiempo —dijo luego de que me saludaran y Lorelei se pegara instantáneamente a mi brazo—, esta historia les va a encantar.
—Eli…
—Sh, Anita. Veamos… por dónde comienzo…
Y procedió a relatar todos los hechos ocurridos con Brian como si vida fuera una especie de telenovela. Corregí sus exageraciones, que fueron varias. Cuando terminó, los comentarios no tardaron en llegar. Milo tenía la misma expresión que el abuelo Terry.
—Amiga, ya te advertimos que Brian siempre fue un Don Juan —dijo Bárbara, su hermano asintió—. Hasta Paul me da la razón, y él sabe muy bien de eso, fueron amigos.
—Todos piensan que Brian comenzó a cambiar cuando llegó Marlene. —La cara de Tony se contorsionó en una mueca de dolor ante aquel nombre, mi estómago dio un vuelco—. Pero yo sé muy bien que venía desde antes.
—Ahora que lo dices, Paul, creo que tienes razón —dijo Eli—. ¿Recuerdas esa vez que a Diana vino a buscarla aquella chica, su rostro tenía forma de corazón? Brian las siguió y luego, cuando regresaron sin la chica, armó un alboroto. Desde ese día dejaron de hablarse y Diana comenzó a distanciarse.
—Oh, lo recuerdo —dijo Samanta. Ahora estábamos sentados en los sillones, todos atentos a sus historias de Instituto—. Fue en el evento que realizó Madame para la Fundación de Niños con Cáncer.
—Amelia abrió el evento —dije, ahora les tocó a todos reaccionar ante ese nombre. Recordaba haber estado allí, pero sólo prestándole atención a la chica que cantaba.
—Exacto —dijo Eli, viniendo a la salvación—. Y Brian fue empeorando desde entonces.
—No es un mal chico —lo defendí.
—Creo que no es eso lo que quieren decir —habló Milo.
—Ana, tú no estuviste el día que fuimos a buscar a Lia al aeropuerto. —Samanta tenía una expresión lúgubre mientras hablaba—. Él fue muy egoísta. Nos trató mal. —Eli intentaba no cruzarse con mi mirada—. Estaba desesperado por… por irse con Amelia.
—¿Qué? —soltó Milo sin darse cuenta.
—Eli, tú lo sabías —dije, decepcionada—. Barbie, tú también.
—Perdón, Samanta no tendría que haber contado esto. ¡Prometimos no decir nada! —dijo Elijah—. Madonna santa, es tu cumpleaños, deberíamos estar festejando.
—Fuiste tú quien quiso contar la historia desde un principio —dijo Perri—. Lo que no entiendo es, ¿Amelia tuvo un romance con Brian?
—Es altamente posible, considerando que también estuvo con Pedro y nadie se dio cuenta. —Era lo primero que decía Tony, y sonó más bien como un arma para herir a Milo. Sin embargo, su rostro mostraba lo mucho que se arrepentía. En ese mismo instante.
—No —sentenció Eli—. Lo de ese tal Pedro es… es algo aparte. Brian estaba literalmente desesperado. Como si Lia fuera una especie de salvación que estaba a punto de partir y él se estuviera perdiendo el vuelo. —Nadie se rió de su chiste, pero apreciaba el esfuerzo—. Una relación entre ellos es inimaginable.
—Ni que lo digas —dijo Paul, riendo.
—¿Por qué es inimaginable? —pregunté, no pude contener mi curiosidad.
—Mar, Lia, Diana y Brian se conocen desde que eran muy chicos. Yo llegué un par de años después, conocí a las chicas por medio de Brian —comenzó a contar Eli—. Si hay dos cosas de las cuales estoy seguro es, primero, Amelia Torth tuvo ojos solamente para dos chicos: Theo y Milo. —El aludido parecía no estar prestando atención—. Y segundo —Mientras decía esto, Eli me miró suplicante de algo muy parecido al perdón—, Brian siempre estuvo enamorado de Diana.

Comentarios

  1. Oh por dios! Cuándo habrá más capítulos? Saludos desde Venezuela :*

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    1. Ya está el séptimo :) ¡Saludos! Y gracias por leer

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