Cien Historias, Cien Extraños


Ritual

El cielo y la tierra deberían verte, querida, en ese estado de plenitud. Enamorada y revuelta, con el viento entre los tantos centímetros de tus piernas. Y hasta el núcleo de tu vientre, que despacito te marea, volviendo vidriosos tus ojos y entrecortándote la respiración. Tan al borde de la risa, muy cerquita de gritar, vas viajando, vagabunda, por el sinuoso camino de sus costillas. Y flotás a la deriva en la constelación de sus lunares. Llorando de alegría, cedés a la ceguera. Te envolvés en telas de colores y tu canción favorita tarareás. Armás un castillo con altas montañas para que lo protejan y, en el medio del bosque, peligrosas criaturas a tu mando esperan, dóciles y fieles, que las ordenes más dulces tus labios pronuncien. Sin que se extienda lo innecesario, o dure un suspiro, tu aventura a su fin llega y el porqué estás ahí no lo entendés. Tal vez nunca lo sepas. Agotada decidís levantarte y la marea te lleva, llueve sobre tu piel una inmensa cantidad de estrellas. Las gotitas perladas de tu frente se secan y la húmedad de tu pelo el aire refresca. Ondulado cae y al ambiente perfuma. Te saluda la luna desde su pedestal de nubes y con una sonrisa aceptás que los motivos no importan. Cerrás las compuertas del mundo y a ese torso te acurrucás, somnolienta y astral, ya no hay vuelta atrás. 

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